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Votar por la izquierda en el EdoMex

 

No hay duda que la izquierda es la mayoría electoral en el Estado de México. Tiene, no obstante, tres candidatos (Morena, PRD, PT) y un solo adversario: el viejo sistema político, anterior incluso a la formación del PRI, el llamado Grupo Atlacomulco. No habrá, sin embargo, unidad formal, según se desprende de las declaraciones del candidato del PRD, Juan Zepeda, quien respondió claramente que no al presidente de Morena, quien había puesto un ultimátum para que aquél definiera su postura con la suficiente anticipación al día de la jornada electoral.

Los candidatos, todos, han hecho sus campañas. El resultado preliminar consiste en que la pelea por la gubernatura está entre dos de ellos: Delfina Gómez y Alfredo Del Mazo. La situación es la misma que al principio del periodo electoral, es decir, la izquierda es amplia mayoría, pero las decisiones de sus núcleos de dirección podrían mediatizarla, lo cual llevaría al circunstancial triunfo de una minoría que sostiene al sistema PRI, con sus características de conservadurismo, corrupción, fraude, compra del voto, compadrazgo, influyentismo, venalidad e ilegitimidad política. Hay una inmensa mayoría en ese estado que está harta del PRI, el cual está empeñado en hacer otra vez una elección de Estado con la coacción y la compra masiva de votos.

Por ello, la solución a este problema ya no se encuentra en los núcleos de dirección de los tres partidos sino en el pueblo de izquierda, en los críticos del priismo que no son derechistas, en la gente que quiere un cambio sin demora. La dimensión popular es la que debe encarar y superar la división.

La candidatura que se ha perfilado claramente es la de Delfina Gómez, a pesar de la unidad del PRI y PAN para combatirla, primero, con los más deleznables argumentos referidos a su origen social y a su profesión; después, con denuncias de pretendidos hechos que nunca fueron motivo de queja en Texcoco durante la presidencia municipal de la misma Delfina Gómez.

Lo que está en juego en el Estado de México no es sólo definir la persona que va a asumir la gubernatura de la entidad sino el partido que se va a hacer cargo de la administración pública. Más allá de las promesas nunca antes oídas que hace el candidato del PRI en materia social, todo mundo sabe que de llegar Del Mazo a la gubernatura seguiría el más consistente y persistente sistema de corrupción política que ha conocido el país en toda su historia. Frente a esto, la candidatura de Delfina Gómez supone un cambio de método de administración con un marcado sello de ruptura con la familia de Atlacomulco.

El sentido de la política social de la que habla la candidata de Morena otorga un alcance universal a los programas más importantes, como el de pensiones mínimas y el de salario estudiantil, los cuales, al no ser focalizados ni, por tanto, condicionados, difuminan el clientelismo, se inscriben en el ámbito de la lucha política y dejan atrás el mecanismo de voto cautivo.

Se trata también de acabar con diezmos y moches que son la característica de toda obra pública y toda compra gubernamental. No sólo se ahorrarían las empresas un dinero, las cuales muchas veces lo recargan en los precios y tarifas, sino principalmente se eliminaría el carácter patrimonial del gasto público en manos de políticos inescrupulosos y francamente ladrones. El aparato estatal mexiquense en su conjunto está corrompido, por lo cual, la deshonestidad es también una cuestión de finanzas públicas. El cambio planteado no es menor.

El hartazgo de la corrupción y la simulación en el Estado de México ha llegado a su máximo histórico. Sería algo indigno que la izquierda, que compone la mayoría electoral, no le fuera fiel a su propia entidad, a su propio pueblo. Si las dirigencias no quieren o no pueden admitir esta situación, por los motivos que sean, los cuales ya a estas alturas importan muy poco, el pueblo de izquierda, los grupos progresistas, los hartados, deben votar por Delfina Gómez, dar a su voto un sentido de cambio político efectivo.

El aspirante del PRD es bueno, malo o regular, según las diversas opiniones, pero hoy no se necesita un candidato para defender la votación de un partido sino un gobernador, en este caso, una gobernadora, con el fin de desechar la dinastía priista e impedir la continuidad de un régimen de corrupción pública, conservadurismo social y atraso cultural. Quien puede ser esa gobernadora es Delfina Gómez, con el voto de la izquierda y de otras tendencias ciudadanas progresistas de la entidad. No es hora de regateos, pruritos y perjuicios, sino de la sencilla pero definitiva acción de votar con dignidad y responsabilidad democrática.

No saber qué hacer

 

A poco más de un año que falta para tener la elección de Presidente, los partidos saben que ya están en competencia y deben preparar la designación de su candidato. De entrada hace falta allanar el terreno para lanzar con suavidad a un o una aspirante que tenga fuerza política y moral, hasta donde se pueda, claro está.

Sin embargo, existe un partido que no sabe qué hacer. Es el Partido de la Revolución Democrática. Su Consejo Nacional no ha podido reunirse porque no se sabe qué es lo que debe aprobar, si habrá elecciones internas pronto y si entrará a los preparativos de una candidatura o seguirá esperando que los peces llenen el canasto por obra de un milagro.

El asunto se encuentra en el Tribunal Electoral, el cual habrá de decidir si obliga a la dirección ejecutiva del PRD a convocar a su propio Consejo. Es decir, no hay manera de resolver algunos problemas internos más que a través de instancias jurisdiccionales externas.

La candidatura de Miguel Ángel Mancera, como la de Silvano Aurioles, no son cosas muy serias. El primero dice que todo depende del apoyo ciudadano que reciba, el cual no se va a producir de ninguna forma porque él es un falso aspirante de la “sociedad civil”. Su postulación depende exclusivamente del PRD y de la capacidad económica y clientelar de su gobierno. El segundo busca que una nueva dirección nacional del partido le apoye incondicionalmente para, a partir de ese punto, analizar las condiciones de una posible candidatura suya a Presidente de la República. O sea, nada concreto por ningún lado.

Lo lógico sería que el PRD renovara su dirección, se planteara una política de alianzas, avanzara en la definición de sus métodos para postular sus candidatos, lanzara su propuesta política nacional para las elecciones y organizara su estructura electoral. Eso es lo que los demás partidos están haciendo, unos más que otros, unos mejor que otros, pero ya están trabajando. En el PRD nadie hace labor política sino sólo grillas internas.

No es de extrañar que miles de miembros del PRD acudan a la firma del acuerdo por la unidad presentado por Morena y su dirigente, lo cual es un reconocimiento del liderazgo que éstos han logrado dentro de la izquierda mexicana. Dice Mancera, al respecto, que es necesario que el PRD se depure. Así dirige a ese partido sin ser militante: de depuración en depuración construirá el camino hacia la inanición.

Hay perredistas que desean concurrir a las elecciones internas para obtener lugares en el Consejo Nacional y, llegado el momento, promover sus propias candidaturas. Es esa una manera de tomar parte de la lucha política. Pero lo que no están analizando es que, si se llevan a cabo esos comicios, más del 90% de los votantes acarreados (que serán la inmensa mayoría) corresponderán sólo a tres grupos políticos, los cuales no están dispuestos a nominar más candidatos que los suyos propios. Pero, ¿para qué ese sectarismo? El PRD no va a poder obtener curules y escaños uninominales sino que todos serán de lista, como antes de 1988, pero ahora monopolizados por unos cuantos políticos. En la Ciudad de México ya se instauró el viejo método del tapadismo, pero quien sea ungido candidato o candidata por parte de Mancera no va a ser jefe de gobierno porque el PRD perdió la mayoría desde 2015, por cuyo motivo la única esperanza que le queda a sus dirigentes o patrones es una alianza vergonzosa y contraproducente con el PAN.

El PRD no sabe qué hacer más allá de sus propias grillas, las cuales son cada vez menos trascendentes. Se ha generado una discusión en el vacío. Por un lado se dice que no hay porqué desahuciar a ese partido y, por el otro, éste es convertido en un organismo menos útil a la democracia y al programa social. Envuelto ya en escándalos de corrupción, el PRD inventa un discurso sin contenido, cuyo postulado principal es que nadie podrá matarle cuando, en realidad, es él mismo quien se dirige al suicidio. De nada servirán mítines con camisetas y banderas nuevas para todo el personal, efectuados con el peor estilo tradicional del PRI de todos los tiempos.

Si se hace abstracción de la falta de reflexión y análisis concreto que acusa la enorme mayoría de los miembros del Consejo Nacional del PRD, se diría que ese partido puede lograr un golpe de timón que le permita navegar. Sin embargo, con los pies en la tierra, por lo pronto no se advierten posibilidades reales.

Estar sin saber qué hacer debe ser horrible. Sin renunciar a mi membresía en el PRD, partido al que ayudé a fundar y a luchar, he respondido al llamamiento de López Obrador. Y, de paso, les recuerdo a quienes hacen campaña en mi contra diciendo que siempre he sido legislador federal plurinominal perredista (lo cual no sería demeritorio en absoluto), que en el PRD siempre fui diputado y senador de mayoría relativa.

Le toca a la izquierda con López Obrador

La izquierda mexicana en su conjunto mide un 20 por ciento de los votantes y cuenta con una banda de desplazamiento de otro 20 por ciento, compuesta por quienes, llegado el momento, podrían apoyarla.

En México, a nivel nacional, el electorado activo ha conformado, desde hace años, tres tercios políticos, de tal suerte que quien obtiene el mayor de éstos se hace presidente del país. Si la izquierda se une y avanza hacia su electorado vecino próximo, tendrá acceso a Los Pinos en 2018.

El tiempo de una presidencia de izquierda estaba definido en 2006, después del fracaso de Vicente Fox y su traición a la democracia, como lo dijo muy bien López Obrador. Ocurrieron, sin embargo, algunos imprevistos y una parte del PRI se fue de plano a apoyar a Felipe Calderón, quien además hizo algunos “ajustes” electorales en varios estados, especialmente en Guanajuato, de tal manera que, por cinco décimas de diferencia, obtuvo la Presidencia de la República, “haiga sido como haiga sido”, según sus propias palabras.

El acceso al Poder Ejecutivo de un priista convencional en el año 2012 ha estado operando como promisorio factor para que la izquierda se aproxime a su propio tiempo, ya que no es sencillo para cualquier gobierno ir tan mal como el de Peña Nieto: no ha resuelto ningún problema pero tampoco convoca a resolver alguno. En consecuencia, el presidente habla sin que se le entienda.

Tenemos dos crisis paralelas, aunque vinculadas a través de múltiples vasos comunicantes: la de violencia y la de corrupción. Además, la economía no crece y la angustia invade millones de hogares, lo cual conforma una tercera crisis, pero ya encallecida durante 35 penosos años de estancamiento en que se ha concentrado el ingreso como en ningún otro país.

Los dos partidos que comparten el modelo económico y el sistema político, es decir, el PRI y el PAN, no han sido capaces de proponer algo interesante para remontar la tercia de crisis que nos agobia. La instauración de un Estado democrático y social de derecho, bandera de las izquierdas mexicanas, sería un camino viable si acaso fuera acompañada de una condición indispensable: el combate radical contra la corrupción.

Es aquí donde la historia se vuelve a encontrar con Andrés Manuel López Obrador, quien considera que la corrupción es el principal problema político del país. En esto no se equivoca, aunque la lucha contra ésta tampoco resolvería por sí misma los problemas sociales de México, los cuales son de mayor calado. De poco serviría combatir la corrupción sin programa social y democrático.

Si la izquierda en su acepción más amplia, es decir, el pueblo de izquierda y el sector proclive a escuchar los llamados políticos y morales de ésta, no acertara en retomar sus propios pasos de unidad política, la cual implicaría una sola candidatura a la Presidencia de la República y unos candidatos comunes al Congreso, se convertiría en una corriente de espaldas a su propia gente y a su propio país.

En términos más concretos, si el PRD, en su acelerado declive político y moral, insistiera en repudiar la candidatura de López Obrador, estaría apostando en favor del fracaso de la izquierda en el nuevo intento de tomar la Presidencia de la República para buscar otro rumbo nacional. Cierto que el PRD podría fracasar en impedir que la izquierda se alzara con la victoria electoral, pero también podría lograr la obstrucción, con la cual el país sería entonces conducido, una vez más, al despeñadero que le siguen ofreciendo las derechas, el cual consiste en no tener rumbo alguno en el marco del resonante fracaso del neoliberalismo.

Cierto que, llegado el momento, podrían ser pocos quienes votaran por el PRD, pero a veces –ya lo hemos visto– , unos cuantos sufragios pueden hacer la diferencia. De cualquier forma, la obligación de todas las izquierdas, aunque algunas ya sean más nominales que reales, es tener un solo candidato y tratar de dar una salida al manojo de crisis que vive el país.

Este es el plano en el que se desenvuelve y va creciendo la candidatura de Andrés Manuel López Obrador, sujeto a toda clase de campañas en su contra, las cuales podrían conducir al intento de invalidar su candidatura en una suerte de nuevo desafuero. Que luego no se niegue el complot.

Como no se trata de una persona sino de una gran parte de la sociedad mexicana, lo necesario en el momento actual es definir una opción clara de candidatura, dejarse de grillas y especulaciones, sentar posición y tomar parte de un bando en el plano de la lucha política.

Hay que concurrir, por ello, a una gran confluencia de las fuerzas de izquierda con la candidatura de López Obrador a la Presidencia de la República, manteniendo abiertas las discusiones sinceras y honradas, así como la crítica pública, pero sin dejar de tener los pies sobre la superficie y, ante todo, jugársela con lealtad en los pantanosos terrenos de la lucha política.

¿Cuál es el plan del PRD?

En el marco del escándalo por la ilegal suspensión de derechos y la inmediata destitución de Miguel Barbosa como coordinador del PRD en el Senado, así como de la posterior renuncia de éste y el nombramiento mayoritario pero objetado de Raúl Morón, ha salido el ineluctable tema del plan de la dirección perredista para la próxima elección presidencial. ¿Cuál es ese plan?

Como el PRD ha dejado de ser una opción singular, es decir, ya no aspira a hacerse cargo del poder político de la República, se ha instalado plenamente en el mercado político mexicano. Al hacerlo, cada vez que va a haber una elección se analizan en sede perredista las posibilidades de formar parte de algún esquema político de los adversarios. Así hemos visto las alianzas electorales con Acción Nacional y, ahora, las candidaturas propias con el propósito de ayudar a derrotar a Morena.

Según los ofrecimientos de las fuerzas contrarias –los dos partidos relevantes de la derecha mexicana (PRI y PAN)–, la dirección del PRD toma sus decisiones. Siempre se discute si es mejor aliarse con el PAN o desempeñar el papel de palero, es decir, tener candidatura sin opción real de gobierno pero tampoco discurso propio, definido, crítico, fuerte, convocante: ambos elementos ya se han perdido lastimosamente.

El mercado funciona mediante pactos públicos o en la oscuridad, pero de acuerdo con las ofertas que hacen otros. Por ejemplo, en Nayarit, el PRD apoyaba al alcalde panista de Tepic, mas la lucha interna en el PAN arrojó otro candidato de ese mismo partido, al cual decidieron respaldar los perredistas después de ponerse de acuerdo, superficial y lastimeramente, con éste mas no con el PAN. Lo que siempre se descartó fue buscar la alianza de las izquierdas. Por otro lado, en el Estado de México, luego de que un grupo de perredistas (Nueva Izquierda) fracasó en la búsqueda de una alianza con el PAN, el otro grupo, el que resultó victorioso en el lance (ADN), logró postular un candidato, lo cual no estaría nada mal si no fuera porque no pocos tienen el propósito de dividir el voto popular de la izquierda, lo que le daría el triunfo al PRI o al PAN. En realidad, la izquierda en su conjunto es ahora mayoría electoral relativa en el Estado de México.

Como parte del mismo fenómeno, hay estados donde el PRD mantiene la conducta de permitir que el gobernador en turno dirija más o menos al partido. Tres ejemplos: en Veracruz, Javier Duarte (PRI) manejó al PRD durante varios años y hoy lo hace el nuevo gobernador, Miguel Ángel Yunes (PAN); en Chiapas, el gobernador Manuel Velasco (PVEM) tiene comprados a varios de los principales dirigentes perredistas. Miguel Ángel Mancera maneja a su gusto al presidente del PRD en la CDMX y a otros líderes y legisladores quienes ya le han postulado formalmente como precandidato a presidente, lo cual ayuda al esclarecimiento político, pero ese abrumador manejo es ilegítimo en tanto que el jefe de gobierno no es miembro del partido. Las operaciones político-mercantiles se realizan casi siempre con poderes públicos.

He dicho antes que el PRD siempre está en venta, mas eso requiere una aclaración. Nadie lo compra para siempre y en todos niveles y lugares. El sistema no funcionaría de esa manera. En realidad se trata de ventas sucesivas o simultáneas en las que el servicio brindado y el comprador pueden ser cambiados o modificados según el lugar, la coyuntura, las contraprestaciones, etcétera.

Frente a la elección presidencial de 2018, el Plan de la dirección nacional del PRD consiste en esperar a que las ofertas políticas adquieran mayor claridad para decidir qué hacer. Una alianza con el PAN no está descartada en absoluto si acaso hubiera algo de suerte. La candidatura de Mancera o de Aureoles, el palerismo, es un posible escenario si hubiera un  buen convenio con el gobierno actual (PRI) para combatir a López Obrador. Apoyar a un candidato independiente podría ser una variante del palerismo. Lo menos grato para los actuales líderes perredistas sería una alianza con Morena si se estrecharan las posibilidades de otras salidas o los acontecimientos no dejaran otra opción.

El PRD puede hacer cualquier cosa con cualquiera, pero siempre de acuerdo con el mercado político nacional.

¿Es útil a su país un partido así?

MANCERA COMPRA AL PRD

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL (09.03.2017)

 

Ha empezado una purga en el gobierno capitalino. Se “renuncia” a quienes proponen a López Obrador como candidato de las izquierdas. Eso nunca se había visto, ni en tiempos de Cárdenas, de AMLO y de Ebrard. La cuestión es fea pero no es grave. Lo que no tiene nombre es que Miguel Ángel Mancera haya comprado al PRD.

La supuesta destitución de Miguel Barbosa como coordinador del grupo parlamentario del PRD en el Senado, por la vía de la también imaginaria suspensión de sus derechos, es un manojo de ilegalidades insostenible porque quien “suspendió” derechos (el CEN) carece de facultades y la “destitución” la hizo sin abrir causa y dar audiencia, pero además se inventaron un grave “delito” de opinión. A Barbosa se le acusa de proponer que el PRD postule a AMLO, quien no es miembro del partido como tampoco lo es Mancera aunque quiere ser candidato presidencial del mismo PRD. Además, los legisladores jamás podrán ser reconvenidos por las opiniones que manifiesten, dice la Constitución del país (art. 61).

Pero, más allá de las aberraciones jurídicas, importa que estando el PRD todo el tiempo en venta, condición que ha tenido en los últimos años, Mancera aprovechó las ofertas y se lo ha comprado, al menos por el momento. Primero, se apropió de la mayoría del comité perredista de la CDMX. Segundo,  se apropió de la conducta política del grupo mayoritario en el Estado de México (ADN), dirigido por Héctor Bautista. Tercero, impuso contra todo sentido político (partidista) a la actual presidenta. Cuarto, ha dado instrucciones para que se obedezca la orden de ese siniestro operador político cuyo nombre es Héctor Serrano, conductor de las dos últimas campañas electorales desastrosas del PRD en la capital. ¿Cuál es esa orden? Destituir a Barbosa por tener propuesta propia, es decir, por no apoyarle a él.

Miguel Ángel Mancera es un falso candidato ciudadano. Busca en realidad el apoyo de los partidos políticos. El más fácil (mientras siga en venta) es el PRD, luego el PT, enseguida el Movimiento Ciudadano, todos éstos con el fin ilusorio de lograr un pacto con el PAN y llegar triunfal a la Presidencia de la República: el primer presidente sin partido, el ciudadano Mancera. Es natural que en este curso de imaginarios sucesos López Obrador termine siendo un político odiado por los perredistas sin proyecto propio. En realidad lo único que puede lograr Mancera es convertirse en candidato del PRD pero palero de alguna de las derechas para restar votos a la izquierda.

Mancera es jefe de gobierno de la CDMX porque así lo decidió Marcelo Ebrard, quien dirigía en ese entonces al PRD en la capital. Desde que llegó al cargo no hemos podido averiguar cuáles son sus ideas políticas ni qué pretende. Por momentos la ciudad da la impresión de que no tiene gobierno, lo cual habla muy bien de sus habitantes porque, aunque mal, funciona. Con excepción de la reducción de la velocidad máxima de los vehículos y las fotomultas privatizadas, ¿qué hay de nuevo?

Pasemos ahora, por fin, al problema mayor: el PRD y la izquierda. En su más reciente congreso nacional (sept. 2015) ese partido aprobó por unanimidad: “el Partido de la Revolución Democrática procurará la más amplia alianza electoral y política de las fuerzas progresistas, democráticas y de izquierda que rechacen la regresión política en la que ha ido entrando el país”. Y fue más lejos, resolvió: “El PRD está dispuesto a llegar tan luego como sea posible a un amplio frente político de las fuerzas democráticas, progresistas y de izquierda con la formalidad que sea necesaria para lograr un comportamiento unitario que permita el triunfo electoral nacional y la conformación de un gobierno de coalición capaz de aplicar un plan de grandes y trascendentales reformas sociales y democráticas.”

Miguel Barbosa camina en dirección de la línea política del PRD mientras que Jesús Ortega, Héctor Bautista y el comprador, Mancera, la han defenestrado. La propuesta de postular a AMLO corresponde por lo demás a miles y miles de afiliados al PRD, no es sólo un asunto de Barbosa. Además, el hecho de que un coordinador parlamentario tenga opinión propia es lo normal pues el Estatuto  reconoce la libertad de critica.

Mancera está perdiendo la cabeza. Su candidatura “ciudadana” no depende de sus gestos grotescos, incluyendo entre ellos las compras. Barrales le va a traicionar, lo mismo que Los Chuchos y los líderes de ADN. Ellos tienen otros intereses aunque de momento les encanten ciertos beneficios y, además, poder derribar a un partidario de López Obrador, pues a éste se le ha convertido en el ogro del momento pero ya no sólo del PRI y el PAN sino también de la dirigencia perredista que en realidad carece de un plan político.

Derrotar la política de desunión

El principal factor de desunión de las izquierdas ha sido el oportunismo, entendido como hacer a un lado el programa propio, meterlo en un cajón, y practicar la política sin objetivos de fondo. En México, antes de la gran unión de las izquierdas en el PRD a partir del 21 de octubre de 1988 con el llamamiento a crear un partido nuevo, las divisiones no eran tanto por motivos ideológicos sino por conductas, formas de relacionarse con el poder. Hoy, después de la escisión del perredismo, se vuelve a lo mismo.

Pero el problema no sólo existe entre Morena y el PRD sino también en el seno de éste último, en el cual ya no hay discusión sino la peor de las disciplinas, aquella que en cada ocasión se basa en el interés más inmediato y más ruin. En realidad, la dirección perredista ha dejado de estar en la lucha política con propósitos de partido y se ciñe a relaciones propias de las sociedades mercantiles.

Varios dirigentes se han lanzado al ataque virulento contra Miguel Barbosa luego que éste declaró que él apoyará como candidato a López Obrador. Otros respaldan muy tranquilamente a Miguel Ángel Mancera (quien tampoco es miembro del PRD) o a Silvano Aurioles, ambos también en campaña abierta. El grupo Nueva Izquierda y su socio Galileos tienen sus ambiciones puestas en una alianza electoral con el PAN.

A pesar de los denuestos, las amenazas y la tendencia a enchiquerar las divergencias políticas, las cosas se están empezando a aclarar dentro del PRD luego de que AMLO convocara a miembros de otros partidos y a personas sin militancia a firmar un pacto. Muchos perredistas están acudiendo, con lo cual también critican a los líderes formales de su partido.

La dirección del PRD ha desconocido en los hechos la resolución del más reciente congreso nacional en la cual se aprobó abrir el camino de la unidad de acción de las izquierdas. Esta fraudulenta conducta se practica con el argumento de que López Obrador ha dicho que no desea tratos con el PRD. Pero el tema es la línea perredista, la cual no es determinada por el presidente de Morena. A favor de la unidad se lucha, es acción política y, más aún, como dice aquella olvidada resolución del PRD, es parte integrante de un plan para alcanzar el poder. Los perredistas que apoyan a AMLO aplican en lo individual la línea oficial de su partido.

¿Cuál debe ser la contribución de un partido que nació para desmontar el viejo régimen político y construir uno nuevo? La actual dirección del PRD no se hace esta pregunta. A lo que convocan los dos más importantes grupos internos, el dirigido por Jesús Ortega y el encabezado por Héctor Bautista es, respectivamente, hacer el juego a uno de los dos partidos de la derecha: el PAN o el PRI. ¿Para qué? Para negociar un papel dentro de la política, entendida ésta como vieja estructura de poder y no como lucha por alcanzar las grandes transformaciones que México necesita, entre ellas un nuevo régimen. Desde hace años, esas dos corrientes renunciaron a tener un plan político hacia el poder, son grupos que operan ritualmente dentro de las viejas estructuras en las que prevalecen los intereses de una oligarquía compuesta por el 0.12% de la población que acapara el 43% de la riqueza individual. México es campeón mundial en concentración económica y desigualdad social, elementos estructurales de la pobreza y el atraso de la mayoría. Es también, por cierto, campeón en corrupción igualmente estructural.

La política de desunión de las izquierdas tiene como propósito seguir en esa cuesta empinada de pragmatismo de repartos. Ahora mismo se puede observar que la afiliación con vistas a las próximas elecciones internas se basa en los apoyos de poderes establecidos. El PRD es el único partido en el mundo que, bajando con persistencia en todas las encuestas de opinión, aumenta con extrema rapidez su número de afiliados. Esas elecciones serán un fraude fríamente preparado.

Si hubiera debate y no acarreos de clientelas muchas veces ajenas, en el PRD se debería analizar la pérdida de objetivos legítimos y, en consecuencia, lo que debería hacerse para recuperarlos y definir unos nuevos.

López Obrador es el principal político opositor y es también el más apreciado por los votantes de izquierda y del campo progresista que quieren un cambio de rumbo para el país. Si esto no se reconoce por parte de quienes imponen su voluntad dentro del PRD no ha de ser por arrogancias personales sino debido a intereses muy estrechos. Por esto tiene importancia que miembros de ese partido den un paso al frente, levanten la cara y se pongan de lado de la unidad de las izquierdas con un solo candidato a la Presidencia de la República. A todo análisis, ese tendría que ser Andrés Manuel. Hay que derrotar la política de la desunión.

Cuba, Fidel Castro, el mundo

Fidel Castro murió exactamente 60 años después de haber zarpado de Tuxpan rumbo a Cuba para intentar por segunda vez dirigir una revolución. Seremos libres o mártires, dijo varias veces.

La anhelada verdadera independencia nacional de Cuba era el objetivo principal de los rebeldes, la cual se logró pero en medio de un estado de guerra permanente. “Primero se hundirá esta isla en el mar antes de ser esclavos de nadie”, exclamó Fidel ante su pueblo y el mundo.

Con un solo decreto, Fidel Castro nacionalizó todas las empresas estadunidenses que operaban en la Isla como enérgica respuesta a los actos de sabotaje llevados a cabo por la CIA. Estados Unidos había empezado una guerra y Cuba no podía rendirse.

Después del fracaso del desembarco de Playa Girón, lo que se esperaba era una invasión norteamericana directa, la misma que había sido planeada para cuando los expedicionarios cubanos formaran un gobierno provisional en cualquier población remota de la Isla. Por ello se emplazaron en Cuba misiles nucleares soviéticos. Al final, para evitar un catastrófico conflicto mundial, las dos grandes potencias (Jrushchev y Kennedy) convinieron que no habría invasión estadunidense a cambio del retiro de los cohetes, pero no se cancelaron el bloqueo y el asedio. Así, hasta ahora.

En todos estos años en Cuba no ha habido libertad de asociación ni de prensa. Se trata de una muy sensible falta de derechos fundamentales. La posición de Fidel Castro y sus compañeros consistió en que Estados Unidos patrocinaría los medios de comunicación y los partidos políticos. ¿Era esto cierto? A juzgar por la forma en que el gobierno norteamericano agredía a Cuba, no tendría que haber duda de que unos cuantos millones de dólares de más hubieran valido la pena para comprar políticos y periodistas sacados de ser necesario hasta de abajo de las piedras. Como ridícula paradoja, la “libertad de prensa” ha llegado a Cuba mediante las frecuencias de Radio Martí que transmite desde Florida el mensaje de otro gobierno, el de Washington. El problema mayor fue sin embargo la falta de libertad de manifestación de ideas de quienes estaban con la revolución. La férrea disciplina revolucionaria eclipsó al pensamiento crítico. Esa es toda una historia.

Siempre que el gobierno de EU emprendía una agresión, Fidel respondía. Jamás se quedó sin actuar. “Señores imperialistas: no les tenemos absolutamente ningún miedo”, decía un gran letrero puesto enfrente de la oficina de intereses norteamericanos en el malecón de la Habana. Pero, ¿cuáles eran los “intereses” de Estados Unidos en Cuba si los ciudadanos de aquel país ya no tenían propiedades en esa isla? La clase política estadunidense, algunas empresas internacionales y una parte del exilio cubano siempre han buscado revancha. Y en eso siguen a pesar de las relaciones diplomáticas restablecidas por Obama.

La influencia política de Cuba llegó a ser tan grande que se conformó una corriente política latinoamericana, más allá del guerrillerismo, con el sello de Fidel y el Che. Varios países y movimientos que habían luchado y seguían luchando por su independencia y su posterior autodecisión acudían al llamado del gobierno cubano. Fidel convocó exitosamente a una conferencia tricontinental. La Habana era uno de los centros de resistencia al imperialismo, el injerencismo, el intervencionismo y la agresión que formaban y aún forman parte de la política del gobierno de Estados Unidos. La exitosa defensa militar de Angola ante al gobierno racista de Sudáfrica fue el lance de mayor relevancia internacional de Cuba pero no el único. Por otro lado, dos señaladas incongruencias de Fidel fueron su respaldo a la invasión de Checoslovaquia (1968) y su justificación de la ocupación de Afganistán (1979), ambas realizadas por la Unión Soviética: el interés de Estado impidió la defensa de principios originales. Así andaban las cosas entonces.

Fidel Castro era también un exponente del poder dictatorial. Los políticos norteamericanos y no pocos de sus aliados en el mundo entero, en primer lugar las criminales dictaduras en América Latina y los grandes medios de comunicación,  siempre presentaron al líder cubano como un conspirador contra el “Mundo Libre”, lo cual era imposible negar, pero también como un despiadado represor de su propio pueblo. Nadie podría sostener que en Cuba no ha habido represión política, pues sería casi el único país del mundo en carecer de dicho instrumento de gobernanza, pero tampoco fue documentada la existencia de ejecuciones por motivos políticos, torturas y encarcelamientos masivos, prácticas características de gobiernos castrenses y de algunos otros de carácter civil. En marzo de 1959, dos meses después del arribo de Castro Ruz al poder, el presidente de México, Adolfo López Mateos, encarceló en un solo día a cinco mil trabajadores ferrocarrileros que estaban en huelga, cuyos líderes fueron mantenidos en prisión durante más de dos lustros. Nueve años después, Díaz Ordaz masacró estudiantes en Tlatelolco ante el completo soslayo de Cuba y de casi todos los demás gobiernos en aquel mundo donde nadie admitía que en México había un sistema dictatorial o por lo menos represivo. Pero lo había, sí.

Los problemas económicos de Cuba no se han debido siempre al bloqueo estadunidense. Hace años publiqué en La Jornada un artículo intitulado “¿Senilidad de la revolución?” que contenía una crítica del sistema económico de Cuba, por el cual recibí algunas majaderías de parte de ciertos castristas dogmáticos con quienes era imposible discutir el asunto en el marco de una mínima honradez intelectual de su parte. Según ellos, había que sostener que el bloqueo era la causa de todo problema pues de lo contrario se le hacía el juego al imperialismo. El tema de la economía está ahora en boca de todos en Cuba mientras en el resto del mundo se esperan anuncios al respecto.

Hay muchos libros sobre Cuba y su líder. Cuando los archivos se abran por completo otros autores podrán redactar la historia de esa isla. Mas lo que no admite duda es que Cuba está adelante dentro del Tercer Mundo en educación, vivienda, salud e igualdad económica, y que siendo un país pequeño ocupó un relevante papel en el mundo, todo ello bajo la dirección de un rebelde de nombre Fidel Castro.

PRI y PAN, una alianza histórica

En ocasión de la ceremonia en la que Enrique Peña Nieto entregó entre otros a Felipe Calderón un diploma que otorga el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), el presidente designó a esa institución que ha cumplido ya los 70 años como “gran ejemplo del modelo educativo que estamos impulsando”, dijo.

La imagen publicada de Peña y Calderón en el ITAM nos muestra gráficamente uno de los problemas contemporáneos del México actual: la insistente búsqueda de un sistema bipartidista basado en el programa neoliberal, la cual es encabezada por encumbrados políticos y grandes empresarios. Así como ese instituto, fundado como una de las alternativas de banqueros e industriales frente al entonces joven Instituto Politécnico Nacional, se convirtió al neoliberalismo tan luego como éste se difundió en el mundo, tanto el PRI como el PAN también abrazaron el mismo canon para desmantelar el estatismo mexicano y reivindicar además el paradigma liberal de los tiempos corrientes, es decir, el uso oligárquico del Estado en aras de la privatización de funciones eminentemente sociales de administración solidaria.

La alianza entre el PRI y el PAN se ha llevado a cabo en medio de un conflicto por el ejercicio del poder público, pero eso no quiere decir que aquélla sea inexistente. La pelea por los cargos entre panistas y priistas es continua pero su convergencia en el contenido de la acción de gobierno ha de mantenerse como lo hemos visto desde la segunda mitad de los años ochenta, en especial desde la reestructuración de la izquierda con motivo del liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas y la presidencia fraudulenta de Carlos Salinas. Fue justamente en el sexenio 88-94 cuando se perfiló con mayor claridad la contradicción entre neoliberalismo y Estado social, mucho más allá de las contradicciones del anterior estatismo a la mexicana. Se legalizó entonces la privatización de ejidos y bienes comunales, es decir, un nuevo despojo liberal institucionalizado de la tierra por parte de la burguesía. Hace menos tiempo, ambos partidos votaron por el carácter individual de los fondos de pensión y su manejo como negocio privado fabuloso y extraordinario. Desde entonces las cosas han continuado como se pudo apreciar aún con más nitidez cuando el PRI y el PAN signaron el acuerdo para llevar a cabo la llamada reforma energética que legalizó las privatizaciones de los hidrocarburos y del servicio público de electricidad, objetivos ambos que habían sido grandes obsesiones tanto de políticos como de empresarios de tendencia neoliberal, incluyendo naturalmente a las trasnacionales del ramo y a los ideólogos de la OCDE.

El hecho de que en el transcurso de la aplicación del programa neoliberal se hayan presentado tropiezos no significa que éstos hubieran sido producto de contrariedades entre el PRI y el PAN. Por el contrario, siempre estuvieron juntos. Las mayores dificultades de los neoliberales se han presentado en el terreno de la sociedad, no en la esfera interna del Estado. Como ejemplo, el fracaso de la implantación del sistema de altas cuotas en la educación superior se debió al movimiento de los estudiantes de la UNAM, los cuales en dos ocasiones derrotaron el proyecto privatizador luego de luchas que conmovieron la conciencia nacional popular mexicana en contra del intento de arrancar el carácter social de la enseñanza y la investigación científica. Esa derrota del neoliberalismo estuvo a cargo de la izquierda vista en términos ampliamente sociales. Sin embargo, no cerró el ciclo neoliberal de la política dominante, como ya lo hemos podido apreciar.

Mas el otro problema es que frente a esas relaciones tan cercanas y solidarias entre los dos grandes partidos neoliberales del país, las izquierdas parecen conmoverse mucho menos. La división del PRD, largamente promovida, así como la gravedad de la inclemente crisis en ese mismo partido, por un lado, y el liderazgo excluyente de López Obrador, por el otro, se han convertido en factores que favorecen el proyecto bipartidista neoliberal. Las izquierdas políticas y sociales, mientras tanto, parece que no están pensando en reaccionar. Lo que se requiere es una reformulación de la izquierda como corriente nacional.

Sí, las principales instituciones deben ser enviadas al diablo con el propósito de crear unas nuevas basadas en la democracia, el Estado social y el respeto a la legalidad. Sí, existe una oligarquía que domina la esfera política cuya derrota debería ser prioritaria. Sí, las alianzas del PRD con el PAN favorecen el bipartidismo, derrótese o no al PRI en cada lance, porque tienden a borrar a la alternativa verdadera que es la izquierda. Sí, todo giro oportunista de las izquierdas políticas y sociales es un elemento a favor de la alianza entre el PRI y el PAN porque significa ceder o acercarse a los puntos programáticos neoliberales. Sí, el sustento social de esa alianza histórica es la gran burguesía mexicana y los dos grandes partidos de Estados Unidos, hacia donde la izquierda no debería recurrir en busca de convergencias políticas por coyunturales que pudieran ser presentadas. Sí. Pero hace falta también pavimentar el camino de la unidad de la izquierda para convertir los discursos en realidad al tiempo que se hacen discursos nuevos.

La unidad, ¿para qué?

El presente artículo lleva el mismo título del que publicó Roger Bartra en el diario Reforma el martes 26 de julio. Este sociólogo sostiene que la unidad de la izquierda es un mito y una obsesión. Concluye en que “más sano sería que se mantuviese dividida”.

Para Roger Bartra las tendencias de izquierda son dos: reformista y populista, cuya unidad, dice, “bloquearía la posibilidad” de que una y otra “alcanzasen un perfil propio acorde con sus bases sociales”.

Si se quiere analizar a la izquierda mexicana tendría que admitirse que hoy toda ella es reformista, tanto porque la izquierda en el mundo se encuentra lesionada en sus aspiraciones más transformadoras cuanto porque ese mismo mundo está ayuno de revoluciones. Asimismo, toda ella es también populista en alguna forma porque al menos en América Latina lo más urgente es redistribuir el ingreso. La diferencia entre supuestos “reformistas” y “populistas” tendría que buscarse en otro lado, especialmente en lo de siempre: el oportunismo.

Aceptar cualquier clase de momentánea ventaja política en cada oportunidad (muchas veces sólo de carácter personal) a cambio de renunciar al de por sí precario programa democrático y social es algo tan viejo como la izquierda misma a partir de 1789, es lo que más se ha registrado en la historia de esta tendencia. Pero ya se ha visto que si la circunstancia no es propicia para defender intereses socialmente propios, entonces no sirve para nada útil, es un mal momento. En este terreno se ha entablado otra vez en México una disputa silenciosa pero aderezada con algo más fuerte y no tan mudo: la pérdida de independencia del PRD. Al carecer de decisión propia un partido se degrada a la categoría de grupo de presión, deja de ser partido y, de tal forma, renuncia a cualquier plan de poder. El PRD sigue cursando con prisa ese lacerante proceso.

El debate se encuentra como casi siempre en un plano pragmático. La unidad de la izquierda no sería ahora lo que fue durante 25 años en México, es decir, una realidad orgánica, extraordinaria y asombrosa, la cual era cualquier cosa menos un mito o una obsesión. Hoy, la unidad de acción entre las izquierdas serviría para elaborar un plan de poder.

Veamos lo que ha ocurrido. La alianza electoral con el PAN no pudo ser en el año 2000. En aquella coyuntura Fox rehusó el pacto democrático pero logró la Presidencia con el solo apoyo de su partido. Luego, ese gobierno fracasó en su principal materia, la lucha contra la corrupción, pues se corrompió. Seis años después, la izquierda (unida aunque moleste) se ubicó oficialmente a 0.56% de la Presidencia, es decir, la mitad de este porcentaje más un voto, a pesar del apoyo de una parte del PRI al candidato panista: era mejor el PAN y Calderón que el PRD y López Obrador. Esta es historia pero es presente.

Desde hace ya algún tiempo se ha visto que los gobiernos aliancistas derecha-izquierda colocan con frecuencia al PRD fuera de la realidad política, es decir, este partido deja de ser oposición pero tampoco se ubica en el gobierno. Desde hace menos tiempo se ha visto que cuando al PRD le corresponde designar al candidato aliancista a gobernador, entonces se divide en dos candidaturas, que se convierten en tres por el concurso de Morena, y al final la alianza pierde frente al PRI. El común denominador de todo esto es que el PRD siempre se divide en alguna medida cuando acude a sus citas con Acción Nacional. De seguir por ese camino no quedará nadie para apagar la luz.

Está visto que las alianzas con el PAN suelen traducirse en fracasos del PRI, pero el papel de la izquierda no es escoger a su derecha sino sustituir a ambas en el gobierno aunque para ello, en ciertas circunstancias, se haga necesario acercarse a una de ellas, la que no sea PRI por razones históricas. Sin embargo, el debate se encuentra en la táctica para alcanzar aquel objetivo sin hacer el juego a ninguno de los dos partidos derechistas, los cuales están aliados casi en todo pero nunca en las elecciones.

La izquierda no iba mal hasta que el PRD se escindió. De uno se hicieron dos pero, además, sus respectivos dirigentes empezaron el infructuoso camino de los denuestos con el entusiasta aplauso de dirigentes panistas y priistas.

Lo que le falta a Morena es una actitud unitaria hacia la otra izquierda, un abandono de su pretensión exclusivista y, también, algo más de programa democrático y social así como la reivindicación de libertades. Lo que le falta al PRD es una nueva dirección que reconquiste su propia independencia, renuncie al oportunismo y levante la bandera de la lucha a favor del Estado democrático y social de derecho, base fundamental de la unidad de la izquierda bajo cualquier modalidad.

No se trata de “cultura progresista” ni de “ideas frescas”, como señala Bartra, quien no se toma el menor tiempo en definir sus muy propios e inesperados paradigmas, sino de algo pragmático: cómo llegar al gobierno con el programa de la izquierda, el cual no ha de verse viejo por no ser “fresco” sino que es actual por no haber sido superado. Dígase lo que se diga, eso es más difícil con una izquierda dispersa, con “frescura” o sin ella. Quienes renuncian a la unidad de acción de las izquierdas carecen de un plan de poder, no están en la lucha por gobernar sino en el mercado de la política. Esta diferencia no es una sutileza. Para dirimirla positivamente se requiere a corto plazo la alianza electoral de los partidos de izquierda.

El PRD será dirigido desde fuera

Publicado en El Universal. 20.07.16

Durante décadas, el líder nominal del PRI era designado por el presidente de la República. A eso se nos acostumbró. No es raro que recién haya vuelto a suceder aunque no deje de ser anticuado y grosero. Lo sorprendente e inesperado ha sido que la presidenta del Partido de la Revolución Democrática fuera designada por el jefe de gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera. Aquel presidencialismo, aunque achaparrado, se hace presente ahora en un partido que llegó a expresar alguna vez a la corriente política más crítica del priismo en general y de los métodos concretos del verticalismo político.

No se trata de una funcionaria de nivel relevante en un gobierno, el que fuera, que hubiera sido libremente designada presidenta de su partido sino de una decisión de gobierno. Mas, para singularizar el acto, quien ha hecho la nominación no es miembro de ese partido ni tiene la menor intensión de serlo, pero aspira a ser su candidato.

Durante los últimos años hemos visto que se actualiza un fenómeno que no por viejo deja de alertar la conciencia democrática del país: la pérdida de independencia de partidos de oposición. Desde hace un  tiempo las corrientes internas del PRD han venido llegando a acuerdos con poderes públicos de manera oscura. Varios gobernadores, priistas, panistas y perredistas, imparten órdenes a dirigentes locales de ese partido. Algunos grupos internos negocian con el gobierno federal sin la menor formalidad y mucho menos publicidad. Eso explica en parte que tal partido se muestre como un conglomerado de grupos de presión que carece de una dirección unificada. Eso se sabe dentro y fuera del partido,  no sólo es una crítica expuesta en los medios de comunicación sino una verdad aceptada en el Consejo Nacional perredista donde, sin embargo, el pasado sábado 16 de julio se designó a Alejandra Barrales por orden de Miguel Ángel Mancera.

Las buenas relaciones del jefe de gobierno de la capital con el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, conducen ahora hacia un acercamiento entre el PRD y Enrique Peña Nieto. Por el momento, ya se ha dicho por parte de Alejandra Barrales que no habrá búsquedas sino esperas en el tema de la unidad de la izquierda, lo cual llevará a más perredistas a buscar por su cuenta y en los hechos la convergencia con Morena.

Para cualquier oposición, sea de derecha o de izquierda, su propia independencia es la llave para diseñar un plan de poder. Sin éste no hay partido porque las formaciones políticas se crean para luchar por gobernar e implantar su programa. La pérdida de independencia del PRD evoca a aquellas organizaciones que murieron por inanición, por falta de votos, después de que sin ellas se había integrado un partido verdaderamente independiente, justamente el PRD, en el año de 1989.

A pesar de los esfuerzos que se han realizado dentro del Partido de la Revolución Democrática para encontrar un cauce que lo saque del mercado político, se siguen dando pasos en la peor dirección. Si el PRD se venía presentando disgregado en varios grupos, a partir de ahora tenderá poco a poco a centralizarse pero mediante decisiones externas al partido mismo. Se va a intentar resolver un problema creando otro.

Para saber qué va a hacer el PRI habrá que preguntarle a Peña Nieto y para saber qué va a hacer el PRD se tendrá que interrogar a Mancera. Esto podría muy bien llamarse involución política.