Votar por la izquierda en el EdoMex

 

No hay duda que la izquierda es la mayoría electoral en el Estado de México. Tiene, no obstante, tres candidatos (Morena, PRD, PT) y un solo adversario: el viejo sistema político, anterior incluso a la formación del PRI, el llamado Grupo Atlacomulco. No habrá, sin embargo, unidad formal, según se desprende de las declaraciones del candidato del PRD, Juan Zepeda, quien respondió claramente que no al presidente de Morena, quien había puesto un ultimátum para que aquél definiera su postura con la suficiente anticipación al día de la jornada electoral.

Los candidatos, todos, han hecho sus campañas. El resultado preliminar consiste en que la pelea por la gubernatura está entre dos de ellos: Delfina Gómez y Alfredo Del Mazo. La situación es la misma que al principio del periodo electoral, es decir, la izquierda es amplia mayoría, pero las decisiones de sus núcleos de dirección podrían mediatizarla, lo cual llevaría al circunstancial triunfo de una minoría que sostiene al sistema PRI, con sus características de conservadurismo, corrupción, fraude, compra del voto, compadrazgo, influyentismo, venalidad e ilegitimidad política. Hay una inmensa mayoría en ese estado que está harta del PRI, el cual está empeñado en hacer otra vez una elección de Estado con la coacción y la compra masiva de votos.

Por ello, la solución a este problema ya no se encuentra en los núcleos de dirección de los tres partidos sino en el pueblo de izquierda, en los críticos del priismo que no son derechistas, en la gente que quiere un cambio sin demora. La dimensión popular es la que debe encarar y superar la división.

La candidatura que se ha perfilado claramente es la de Delfina Gómez, a pesar de la unidad del PRI y PAN para combatirla, primero, con los más deleznables argumentos referidos a su origen social y a su profesión; después, con denuncias de pretendidos hechos que nunca fueron motivo de queja en Texcoco durante la presidencia municipal de la misma Delfina Gómez.

Lo que está en juego en el Estado de México no es sólo definir la persona que va a asumir la gubernatura de la entidad sino el partido que se va a hacer cargo de la administración pública. Más allá de las promesas nunca antes oídas que hace el candidato del PRI en materia social, todo mundo sabe que de llegar Del Mazo a la gubernatura seguiría el más consistente y persistente sistema de corrupción política que ha conocido el país en toda su historia. Frente a esto, la candidatura de Delfina Gómez supone un cambio de método de administración con un marcado sello de ruptura con la familia de Atlacomulco.

El sentido de la política social de la que habla la candidata de Morena otorga un alcance universal a los programas más importantes, como el de pensiones mínimas y el de salario estudiantil, los cuales, al no ser focalizados ni, por tanto, condicionados, difuminan el clientelismo, se inscriben en el ámbito de la lucha política y dejan atrás el mecanismo de voto cautivo.

Se trata también de acabar con diezmos y moches que son la característica de toda obra pública y toda compra gubernamental. No sólo se ahorrarían las empresas un dinero, las cuales muchas veces lo recargan en los precios y tarifas, sino principalmente se eliminaría el carácter patrimonial del gasto público en manos de políticos inescrupulosos y francamente ladrones. El aparato estatal mexiquense en su conjunto está corrompido, por lo cual, la deshonestidad es también una cuestión de finanzas públicas. El cambio planteado no es menor.

El hartazgo de la corrupción y la simulación en el Estado de México ha llegado a su máximo histórico. Sería algo indigno que la izquierda, que compone la mayoría electoral, no le fuera fiel a su propia entidad, a su propio pueblo. Si las dirigencias no quieren o no pueden admitir esta situación, por los motivos que sean, los cuales ya a estas alturas importan muy poco, el pueblo de izquierda, los grupos progresistas, los hartados, deben votar por Delfina Gómez, dar a su voto un sentido de cambio político efectivo.

El aspirante del PRD es bueno, malo o regular, según las diversas opiniones, pero hoy no se necesita un candidato para defender la votación de un partido sino un gobernador, en este caso, una gobernadora, con el fin de desechar la dinastía priista e impedir la continuidad de un régimen de corrupción pública, conservadurismo social y atraso cultural. Quien puede ser esa gobernadora es Delfina Gómez, con el voto de la izquierda y de otras tendencias ciudadanas progresistas de la entidad. No es hora de regateos, pruritos y perjuicios, sino de la sencilla pero definitiva acción de votar con dignidad y responsabilidad democrática.

Derecho a ser informados

Los asesinatos contra periodistas y líderes de derechos humanos, hombres y mujeres, que se han cometido con tanta frecuencia en los últimos años, siguen por lo regular en la impunidad, quizá por encima del 90 por ciento. Mas las autoridades tampoco explican el posible móvil concreto de cada acción homicida ni a quienes en específico están buscando.

La sociedad tiene derecho a la justicia pero también al conocimiento de los motivos de tan resonantes crímenes. Sin embargo, el gobierno no se preocupa por la ausencia de información ya que, de por sí, adolece de un grave problema de incomunicación con la ciudadanía.

Habría que tomar en cuenta que, por lo regular, los homicidas no entregan boletines de prensa, pero las autoridades policiales y el Ministerio Público cuentan con aparatos de inteligencia y conocen a las bandas del crimen organizado, lo que les debería también permitir hacer seguimientos precisos de lo que se publica o se declara acerca de aquellas mafias, lo cual es parte de los motivos criminales.

El gobierno nunca se ha preocupado por aportar datos informativos que sirvan para entender las causas precisas de esos asesinatos, tanto porque no se le exige que los brinde como porque tiene ciertas excusas legales de las cuales colgarse para mantener su silencio. O, quizá, porque, dentro de sus deficiencias, los oficiales policiales y los agentes ministeriales están tan perplejos ante el crimen organizado como el resto de la sociedad. El nuevo procurador general ha dicho que van a revisar expedientes, es decir, reconoce que está perdido. ¿Acaso esto se escucha en cualquier otro país?

La cuestión es aún más grave en tanto que los gobernantes tampoco se sienten obligados a explicar a la sociedad el porqué de tanta impunidad. Los recientes discursos en reunión de Peña Nieto, su gabinete y los gobernadores no han brindado al respecto nada nuevo. Se han juntado para que la ciudadanía observe a los políticos más poderosos del país preocupados de los más recientes asesinatos de periodistas y defensores de derechos humanos, pero sólo ha sido publicidad. Se ha anunciado que ahora sí se hará lo que hace años se prometió. Se dice que la Federación apoyará a las procuradurías locales para que averigüen asesinatos cometidos por bandas que se dedican a cometer delitos federales. Se promete que ya se van a coordinar los “tres órdenes de gobierno”, lo que no podrá ser posible mientras se encuentren infiltrados por los delincuentes. Nada hubo de autocrítica concreta, específica, capaz de cambiar en algo la terrible situación. En tanto los gobernantes no se vean obligados a explicar la impunidad, no habrá cambios positivos en este tema. No lo hacen porque ello les llevaría a hablar de sí mismos pero en términos críticos y no con lamentos, mentiras o vanas promesas. Los reporteros han gritado contra los discursos porque quieren acciones efectivas.

La crisis de violencia ha golpeado desde un principio a defensores de derechos humanos y comunicadores profesionales. Pero las autoridades no nos han explicado si se trata de venganzas de actos concretos. También a este respecto, la falta de certezas de policías y fiscales se ha traducido en desinformación social. El gobernador de Chihuahua, Javier Corral, afirma que los asesinos de Miroslava Breach están identificados; si eso es verdad, entonces que lo publique para que la policía, si acaso, pueda ayudar a aprehenderlos. Algo parecido ocurre con el homicidio de Javier Valdez, que, en principio, está siendo investigado como un asalto a mano armada, mientras el gobernador, Quirino Ordaz, dice que él no sabe nada acerca de la delincuencia organizada y sólo “escucha leyendas que se han creado”. Con esos métodos, los cuales nunca se discuten, la impunidad seguirá como una constante de la crisis que azota al país.

Mucha gente ya ha pasado de la preocupación a la indignación y el enojo. No parece haber gobierno mientras las autoridades de distintos niveles callan sobre los hechos concretos, hacen discursos vagos y se culpan entre ellas. Va siendo tiempo de exigir que se nos informe sobre los posibles móviles e identidades de los presuntos asesinos, así como de los elementos que pudieran haber motivado una venganza en contra de los periodistas y los defensores de derechos (hombres y mujeres) que han sido asesinados en estos largos años de desgarradora violencia sobre México.

El gran fracaso frente a la violencia

 

El fracaso de la estrategia de guerra contra la delincuencia organizada, proclamada y conducida de manera personal por el entonces presidente Felipe Calderón, se convirtió en un gran fracaso bajo la presidencia de Enrique Peña Nieto en los más de cuatro años en los que se ha refrendado, extendido y complicado dicha estrategia fallida.

Después de una década de “guerra”, la delincuencia organizada ha crecido en cantidad de personas directamente involucradas, en volúmenes comerciales, en delitos cometidos  contra la gente y en número de víctimas de la violencia, tanto la ejecutada por los grupos de la delincuencia organizada como de aquella consumada por las fuerzas encargadas de perseguirlos. Es inútil buscar esperanza en las variaciones mensuales del número de muertos o tratar de consolar a la opinión pública con el lugar de México en las estadísticas sobre la cantidad de asesinatos por cada 100 mil habitantes. La crisis de violencia mexicana se ha prolongado y se ha agudizado.

La pieza clave de la política oficial ha sido la intervención de las fueras armadas, con el fin de llevar a cabo un enfrentamiento armado con las mafias y contrarrestar el papel instrumental de numerosas autoridades civiles al lado de las bandas delincuenciales. Ahora mismo, se están poniendo las esperanzas en una nueva ley de seguridad interior para dotar a los militares de recursos jurídicos que les “otorguen garantías”. La autoridad, incluyendo a las fuerzas armadas, no está para exigir garantías en su exclusivo favor sino para promover, respetar y proteger los derechos de la gente. Lo que varios generales quieren es impunidad a perpetuidad para los oficiales y jefes que se encuentran en “el frente”. Pero eso no se permite ni en las guerras; ellos lo saben mejor que nadie.

Mas el sabor a derrota que deja la infortunada intervención masiva de los militares en la crisis de violencia delincuencial está ligada con esa amargura que provocan los centenares de víctimas civiles debido al uso incontrolado o desproporcionado de la fuerza. No han sido para menos, entre otros, los fusilamientos de Tlatlaya y el estremecedor video de Palmarito. La opinión pública nunca ha conocido los partes militares de los hechos sangrientos, pues se consideran documentos reservados por motivos de seguridad. Si hubiera que esclarecer lo que ocurrió en la reciente confrontación con huachicoleros poblanos, se tendría que partir de los partes que rinden oficiales y jefes a sus superiores.

Cuando el mando militar declara que todo debe ser esclarecido por el Ministerio Público Federal, está fingiendo ser ajeno a actos efectuados bajo su responsabilidad. El Ejército debería dar la cara directamente, o a través de un vocero de la Presidencia de la República, para explicar lo que ocurrió e informar al país.

Las autoridades en México están acostumbradas a anunciar lo obvio: que se investigará. En eso se pasan los meses y los años. Así ha sido siempre. Todavía estamos esperando el resultado de la investigación mandada a hacer con voz enérgica por Echeverría sobre la matanza del 10 de junio de 1971, ordenada por él mismo. Dicho esto para no tener que mencionar 1968, con su simulados procesos penales, y de otras muchas tropelías de gobernantes todopoderosos. El caso de Iguala –integrante de la actual crisis de violencia de México– podría durar abierto el tiempo en que se mantengan los mismos en el poder, a pesar de que todos, menos ciertos periodistas maiciados, están de acuerdo con que en el basurero de Cocula no pudieron desaparecer absolutamente los restos de 43 personas tatemadas durante unas cuantas horas; ni que hubiera sido Auswitch.

El gran fracaso no sólo consiste en que la violencia crece sino también que la corrupción aumenta. Pero si eso no fuera suficiente, también es cierto que el gobierno carece de una mínima autocrítica, no convoca a hacer nada, no se sabe cuál es el plan. Después de más de 4 años de sufrir el robo de combustibles, cuestión que se ha convertido en un problema de finanzas públicas, y luego de los enfrentamientos en Puebla, Peña ha dado órdenes para que en todo el gobierno, también generales y almirantes, se trabaje en la elaboración de un plan, sencillamente porque no había ninguno.

Los actuales gobernantes están imposibilitados para admitir que la delincuencia organizada se combate con Estado social y erradicación de la corrupción sistémica. No lo pueden hacer porque son neoliberales y su política de predominio del mercado no sirve para combatir a una de las actividades más lucrativas de ese mercado que es justamente el de las drogas prohibidas. Tampoco pueden porque forman parte del gran entramado global de la corrupción.

Mas los políticos del poder en México son también exponentes de esa moral que pretende prohibir todo lo que no se quiere ver. En México se prohibió la marihuana en los años treintas por presión de Estados Unidos, el mayor productor mundial de cannabis de todos los tiempos. La prohibición de drogas es, en sí misma, una enemiga de la sociedad porque promueve delincuencia, corrupción pública y violencia, pero no impide su producción y consumo. Esa es otra de las verdades que hay que decir al respecto del gran fracaso que corroe a la República.

El `68, Perelló y el machismo

Una de las maneras de explicar las expresiones machistas, discriminadoras y ofensivas de Marcelino Perelló en la última emisión de su programa en Radio-UNAM, ha consistido en afirmar que él se quedó en lo que eran los jóvenes estudiantes en los años sesenta, y que no ha entendido los cambios producidos desde entonces en las relaciones de género.

El punto es relevante porque en los medios universitarios de fines de los años sesenta el machismo era menos desbocado que el predominante en el resto de la sociedad. En 1968 las estudiantes participaron junto con sus compañeros. Ese fue el primer movimiento estudiantil al que se incorporaron masivamente mujeres, con motivo del cual cambiaron varias cosas en sus relaciones con los hombres.

Es también relevante el punto porque cuando los dichos machistas de un comunicador social se atribuyen al predominio de una conciencia discriminatoria, en el fondo se está buscando justificarlos, es decir, convertir al conductor del programa en una especie de víctima de una sociedad machista que le ha impartido sus enseñanzas.

Es verdad que la discriminación de las mujeres es un producto histórico social, pero ver cada caso con ese lente es un callejón sin salida que sólo puede llevar a justificarla y a impedir su rechazo. La lucha por subvertir las desiguales relaciones de género no se dirige contra un fantasma que está en todos sitios y en ninguno, sino contra los elementos concretos de la conciencia patriarcal y de su práctica.

Decir en la radio que es normal ultrajar a una mujer –que fue lo expuesto por Perelló— es exactamente una manera de tratar de normalizar una conducta que, por más frecuente que sea, es socialmente repudiable.

Haber dicho en público eso en 1968 hubiera sido escandaloso e igualmente execrable. La diferencia es que ahora las mujeres tienen más voz y han logrado cambiar leyes y otras normas, además de que existen nuevos medios de comunicación no monopolizados como las redes sociales.

Desde el ángulo jurídico, la Constitución obliga ahora a la autoridad a hacer valer el derecho de todas las personas a no ser discriminadas, a ser respetadas por su sexo, edad, etcétera. Invocar la libertad de expresión (aquí sería la de difusión de las ideas a través de cualquier medio, incluida hace pocos años el artículo 7º. de la Constitución), es una falsedad porque nadie tiene derecho a difundir ofensas discriminantes y tendientes a la reproducción de condiciones de opresión de género a través de medios orales, visuales, escritos. Así es la ley porque de lo contrario sería imposible hacer efectivos los derechos humanos.

Si en la difusión se pudieran normalizar libremente los ultrajes sexuales, se haría nugatoria la norma fundamental consiste en que dichos actos son ilícitos. No se trata de suponer que tales ultrajes sean poco frecuentes sino que no sería válido considerar que, por no serlo, hubiera que ignorarlos o justificarlos con la falsa tesis de que no se pueden perseguir uno por uno. Si pocas o muchas personas debieron ser reconvenidas por acciones similares pero no fue así, eso no puede justificar la conducta ilícita de nadie más.

En la reciente discusión a propósito de lo dicho, refrendado y aumentado por Perelló, se ha hablado también de una supuesta actitud irreverente y subversiva del cuestionado conductor radiofónico. Pero en realidad es al revés: lo subversivo consiste en la crítica y la defenestración de la normalización de las agresiones sexuales. Nada que ver, por cierto, la discusión sobre el tipo penal vigente de violación, sino lo dicho por Perelló sobre lo normal que le parece a él la agresión sexual sin cópula, cuestión, por cierto, debatida y legislada desde el siglo XIX (1871 en México).

Por lo oído, algunas opiniones de Perelló al respecto no se ubican en los años sesentas del siglo XX sino en el siglo XVIII.

AMLO: derecho a ser votado

 

La democracia mexicana en realidad se reduce a un sistema de competencia entre partidos y de una escasa concurrencia de candidatos independientes. No existen otras instituciones públicas democráticas como tampoco lo son las organizaciones de la sociedad, tales como los sindicatos, ejidos, etc. El clavo del que está cogido el país es el derecho al voto pasivo, es decir, recibir el sufragio ciudadano en elecciones periódicas aunque no del todo equitativas y libres. Calentar ese clavo hasta hacerlo inaprensible sería llevar a México a un desbarrancadero.

En la víspera de la elección del año 2006, Vicente Fox y su partido se pusieron de acuerdo con el PRI para armar un procedimiento de desafuero contra el virtual candidato de la izquierda, López Obrador. La Cámara de Diputados votó por poner al entonces jefe de gobierno de la Ciudad de México a disposición de la justicia por haber desobedecido una orden de juez para suspender la apertura de una calle. Pero el propósito no era que Andrés Manuel ingresara en la cárcel, sino que, mediante un auto de vinculación a proceso (como se diría ahora), le fueran suspendidos sus derechos políticos, entre ellos el de voto pasivo, el de poder ser elegido a un cargo de elección popular.

Como recordamos, Vicente Fox, su procurador Macedo de la Concha, Santiago Creel, secretario de Gobernación, Roberto Madrazo, líder del PRI, Emilio Chuayffet (líder del grupo priista en San Lázaro) y Manlio Fabio Beltrones (presidente de la Cámara), entre otros, lograron el desafuero pero se hicieron bolas cuando, para evitar la solicitud de una orden judicial de aprehensión, pagaron una fianza impuesta por el Ministerio Público, imaginando que el desaforado había sido presentado al mismo, lo que no podía ser porque no había sido aprehendido. De esa forma, se envió el pliego de consignación a un juzgado aunque sin detenido y ni siquiera simple indiciado: total, todo muy cómico. El juez tuvo que regresar a la PGR todo el tambache de papeles.

Lo anterior provocó una mayor indignación popular porque se veía más claro que era una burda maniobra política antidemocrática para evitar una candidatura. En ese momento las cosas se compusieron porque Fox se vio orillado a retirar los cargos inventados por él mismo. El procurador y el subprocurador, es decir, los acusadores directos, se fueron a sus casas a descansar, pero los instigadores se quedaron en los más altos cargos de la República. Sin embargo, luego se volvió a descomponer el cuadro político con los operativos fraudulentos del PAN y el PRI que beneficiaron a Felipe Calderón y lo llevaron a la Presidencia de la República.

Ya se empieza a planear ahora lo que sería un nuevo complot (palabra sujeta a burlas pero que describe mejor que cualquiera otra cierta manera de hacer política en México), en el cual volverían a involucrarse desde el jefe del Ejecutivo, la PGR y algunos jueces, hasta los precandidatos, líderes y gobernadores del PRI y el PAN, pero en esta ocasión también las instancias electorales: INE y Tribunal.

No se trataría sólo de lo que estamos viendo, es decir, una campaña de desprestigio y uno que otro garlito en el que siempre caerá algún político de malas costumbres o de bajo entendimiento. Sería algo mucho más fuerte para anular la candidatura de López Obrador si la demoscopia no se modifica en sus periódicos dictámenes, las encuestas.

El propósito del PRI y el PAN no consiste en evitar la competencia electoral en el nivel de la disputa por el poder, sino en restringirla exclusivamente a esos dos partidos.

Desde 1988 ese ha sido el problema de los políticos del viejo régimen, los representantes de un sistema que no se ha modificado por más alternancia que haya habido. Siempre han estado conspirando para que la competencia sea sólo entre ellos. Es obvio que la forma más segura de que nada cambie es dejando al candidato inaceptable fuera de la competencia, cuando ése puede obtener una mayoría de votos.

Es justamente la concurrencia electoral la que siempre ha estado en peligro. Si ahora el complot culminara en la suspensión de derechos de López Obrador o en cualquier otra forma de convertirlo en inelegible, lo que en realidad estaría ocurriendo es el funeral de esa democracia formalista, la cual, sin embargo, es la única que tenemos aun con toda su precariedad.

Si el derecho a ser elegido se cancelara para alguien que pudiera lograr una mayoría, ya no habría derecho para nadie. Si a la evidente parcialidad de los organismos electorales administrativos y jurisdiccionales se le sumara la supresión del voto pasivo, ya no habría nada de donde se pudiera coger un país.

Ese país es México. Ya sabemos, por tanto, en qué consiste la tarea democrática más importante del preciso momento actual.

Peña Nieto se vuelve a equivocar con Trump y el muro

 

La tesis enunciada por Luis Videgaray, en Madrid, sobre lo que él denominó “pleno derecho soberano de Estados Unidos para proteger sus fronteras” mediante la conclusión del muro fronterizo, es otro error del gobierno de Peña Nieto. La soberanía de los países tiene límites. Existen normas y principios de convivencia internacional, en especial cuando hay vecindad territorial. El muro es en sí mismo una agresión contra México.

Si el gobierno de Peña está pensando que es conveniente separar el tema del muro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, pierde el tiempo y comete de nuevo un error. Una cosa y la otra forman parte del mismo problema: la imposición por parte de Donald Trump de nuevas bases de relación con México.

Si el gobierno de Peña está pensando en que hay que hacer mutis en el tema del muro porque éste no va a ser costeado por el Congreso estadunidense, se vuelve a equivocar porque hay fondos anuales autorizados para la frontera y el punto sería sólo el tiempo que demore la realización completa de la gran obra.

Si el gobierno de Peña está suponiendo que puede lograr bajar el nivel de xenofobia de la Casa Blanca contra los mexicanos y los centroamericanos sólo con poner buena cara, se está engañando a sí mismo. El rechazo a esos “hispanos” del sur tiene su base en la forma en que se analiza la economía por parte de ese hostil segmento de la derecha estadunidense.

Si el gobierno de Peña considera que puede unir a las fuerzas políticas de México bajo la tesis de presentar el muro como un acto soberano de Estados Unidos, en el marco de una dizque no intervención en asuntos internos de otros países, está en un error porque no se trata tan sólo de un problema político de los estadunidenses sino del intento de escindir una vecindad geográfica compartida que se ha convertido en algo social y nacional a través de poco más de siglo y medio, desde que los territorios del extremo norte le fueron amputados al Estado mexicano.

Si Peña está suponiendo que todos sus subordinados van a estar de acuerdo con el mutismo político que anuncia el secretario de Relaciones Exteriores sobre el tema del muro, se equivoca de nuevo porque éste tomará más fuerza y generará mayor rechazo en tanto que, al paso del tiempo, Trump, u otro, insista en sus planes.

Peña se equivoca al suponer con ingenuidad o falta de información que en Estados Unidos solo Trump quiere el muro. Hay millones que lo quieren, esa es la verdad que no se reconoce a las claras. El principal inconveniente es su financiamiento frente a su posible utilidad, por eso Trump inventó aquello de que México tendría que pagar y de esa forma logró una gran adhesión. El tema del muro ha estado presente por décadas en la política estadunidense y seguirá con Trump y sin éste. Pero, al mismo tiempo, permanecerá vigente como problema dentro de México: es un asunto de la relación entre ambos países, por tanto, obviamente, es un tema mexicano, aunque lo intente negar Videgaray.

El Congreso, en especial el Senado, que tiene facultades directas y expresas, debe deshacer la tesis de Enrique Peña Nieto sobre el muro “soberano” de Estados Unidos. He aquí una tarea nacional.

El espanto del populismo

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL. 15.04.2017

 

Europa está conmovida por el avance de un llamado populismo que ya no es euroexcéptico sino claramente contrario a la Unión Europea, más aun después del referéndum que llevó al Brexit. Es un nacionalismo de derecha que recuerda no pocos aspectos del nazismo, el facismo y el franquismo aunque, al menos por lo pronto, no se encuentre sobre las armas.

La presidencia de Trump, un Ejecutivo de minoría nacional pero con mayoría partidista en el Poder Legislativo al que se le denomina populista por ser autárquico y xenófobo, ha conmovido al mundo aunque nada de lo que decía como candidato ha podido hacer hasta ahora.

Las presidencias denominadas populistas en América Latina son todavía varias, aunque se observan desde la derecha como fenómenos en decadencia, en especial por la destitución de la presidenta de Brasil y la derrota del partido de Cristina Fernández en Agentina. La aguda crisis política en Venezuela confirma al parecer los augurios, no obstante el triunfo de la izquierda en Ecuador, aunque haya sido por un pelo.

Tenemos, como se observa, varios populismos pero tan diferentes que no se sabe que significa el término. Sin tener que crear categorías ni hacer estudios politológicos, ciertos intelectuales conservadores y muchos periodistas han ligado a derechas e izquierdas bajo la descripción de que el populismo es el método político irreverente y demagógico de exaltar a los sectores populares y descontentos.

En México, el partido de Peña Nieto, es decir, el aparato oficialista y sus estructuras electorales, se ha lanzado a mil voces a combatir el populismo, idea que le ha encantado a los precandidatos del PAN, quienes se han sumado con entusiasmo a esa campaña. Las causas inmediatas de esas arremetidas mediáticas son los estudios demoscópicos que, aunque sus autores se encuentran en franco desprestigio, son las únicas referencias disponibles: López Obrador va arriba en todas las encuestas.

No se dice a las claras que tenemos en México el populismo europeo ni el estadunidense. A tan desfiguradas aseveraciones no podrían llegar los voceros presidenciales y los escritores de slogans en el Partido Acción Nacional. Por lo cual, no hay más remedio que volver a ligar al posible candidato de la izquierda con el gobierno venezolano, mucho más ahora que éste no está en auge político sino en declive y arrastra una brutal crisis económica. Que se vea México en el espejo de Venezuela es la mejor idea que se les ha ocurrido a las derechas.

El problema es que ningún dirigente de izquierda en México se le parece a Nicolás Maduro ni estaría dispuesto a cometer las desviaciones, arbitrariedades y francas estupideces con las que ha castigado a Venezuela.

El supuesto populismo, entendido como demagogia y exaltación vana del descontento popular, pero no como categoría de la ciencia política, carece de referente alguno en el momento actual del país. El debate se encuentra en otro lado. México tiene tres grandes problemas urgentes que deben ser resueltos cuanto antes: la corrupción que lo corroe, las disfunciones de un inoperante sistema político de democracia dosificada y el endémico estancamiento económico con su pésima distribución del ingreso.

El populismo en México es un espanto para meter miedo y no encarar el debate político ante la falta de propuestas concretas de parte de las derechas.

 

No saber qué hacer

 

A poco más de un año que falta para tener la elección de Presidente, los partidos saben que ya están en competencia y deben preparar la designación de su candidato. De entrada hace falta allanar el terreno para lanzar con suavidad a un o una aspirante que tenga fuerza política y moral, hasta donde se pueda, claro está.

Sin embargo, existe un partido que no sabe qué hacer. Es el Partido de la Revolución Democrática. Su Consejo Nacional no ha podido reunirse porque no se sabe qué es lo que debe aprobar, si habrá elecciones internas pronto y si entrará a los preparativos de una candidatura o seguirá esperando que los peces llenen el canasto por obra de un milagro.

El asunto se encuentra en el Tribunal Electoral, el cual habrá de decidir si obliga a la dirección ejecutiva del PRD a convocar a su propio Consejo. Es decir, no hay manera de resolver algunos problemas internos más que a través de instancias jurisdiccionales externas.

La candidatura de Miguel Ángel Mancera, como la de Silvano Aurioles, no son cosas muy serias. El primero dice que todo depende del apoyo ciudadano que reciba, el cual no se va a producir de ninguna forma porque él es un falso aspirante de la “sociedad civil”. Su postulación depende exclusivamente del PRD y de la capacidad económica y clientelar de su gobierno. El segundo busca que una nueva dirección nacional del partido le apoye incondicionalmente para, a partir de ese punto, analizar las condiciones de una posible candidatura suya a Presidente de la República. O sea, nada concreto por ningún lado.

Lo lógico sería que el PRD renovara su dirección, se planteara una política de alianzas, avanzara en la definición de sus métodos para postular sus candidatos, lanzara su propuesta política nacional para las elecciones y organizara su estructura electoral. Eso es lo que los demás partidos están haciendo, unos más que otros, unos mejor que otros, pero ya están trabajando. En el PRD nadie hace labor política sino sólo grillas internas.

No es de extrañar que miles de miembros del PRD acudan a la firma del acuerdo por la unidad presentado por Morena y su dirigente, lo cual es un reconocimiento del liderazgo que éstos han logrado dentro de la izquierda mexicana. Dice Mancera, al respecto, que es necesario que el PRD se depure. Así dirige a ese partido sin ser militante: de depuración en depuración construirá el camino hacia la inanición.

Hay perredistas que desean concurrir a las elecciones internas para obtener lugares en el Consejo Nacional y, llegado el momento, promover sus propias candidaturas. Es esa una manera de tomar parte de la lucha política. Pero lo que no están analizando es que, si se llevan a cabo esos comicios, más del 90% de los votantes acarreados (que serán la inmensa mayoría) corresponderán sólo a tres grupos políticos, los cuales no están dispuestos a nominar más candidatos que los suyos propios. Pero, ¿para qué ese sectarismo? El PRD no va a poder obtener curules y escaños uninominales sino que todos serán de lista, como antes de 1988, pero ahora monopolizados por unos cuantos políticos. En la Ciudad de México ya se instauró el viejo método del tapadismo, pero quien sea ungido candidato o candidata por parte de Mancera no va a ser jefe de gobierno porque el PRD perdió la mayoría desde 2015, por cuyo motivo la única esperanza que le queda a sus dirigentes o patrones es una alianza vergonzosa y contraproducente con el PAN.

El PRD no sabe qué hacer más allá de sus propias grillas, las cuales son cada vez menos trascendentes. Se ha generado una discusión en el vacío. Por un lado se dice que no hay porqué desahuciar a ese partido y, por el otro, éste es convertido en un organismo menos útil a la democracia y al programa social. Envuelto ya en escándalos de corrupción, el PRD inventa un discurso sin contenido, cuyo postulado principal es que nadie podrá matarle cuando, en realidad, es él mismo quien se dirige al suicidio. De nada servirán mítines con camisetas y banderas nuevas para todo el personal, efectuados con el peor estilo tradicional del PRI de todos los tiempos.

Si se hace abstracción de la falta de reflexión y análisis concreto que acusa la enorme mayoría de los miembros del Consejo Nacional del PRD, se diría que ese partido puede lograr un golpe de timón que le permita navegar. Sin embargo, con los pies en la tierra, por lo pronto no se advierten posibilidades reales.

Estar sin saber qué hacer debe ser horrible. Sin renunciar a mi membresía en el PRD, partido al que ayudé a fundar y a luchar, he respondido al llamamiento de López Obrador. Y, de paso, les recuerdo a quienes hacen campaña en mi contra diciendo que siempre he sido legislador federal plurinominal perredista (lo cual no sería demeritorio en absoluto), que en el PRD siempre fui diputado y senador de mayoría relativa.

Corrupción al estilo Atlacomulco

Pablo Gómez

Desde antes de la fundación del antecesor del PRI, el Partido Nacional Revolucionario, el Estado de México era mencionado por sus fraudes electorales y la corrupción como forma de gobernar. En libros de historia y en novelas podemos alcanzar a ver que la política en esa entidad no era tranquila. Sin embargo, nada se compara con el estilo Atlacomulco de las últimas décadas.

Peña Nieto patrocinó a varios candidatos a gobernadores de su propio partido cuando él era mandatario. Está claro que las transferencias al gasto electoral de sus correligionarios no salían de su bolsillo sino de los fondos públicos mexiquenses y gracias al talento administrativo de Luis Videgaray. Fue tan exitoso su desempeño como padrino de candidatos que le sirvió, más que otros factores, para obtener la candidatura del PRI a la Presidencia de la República.

La publicidad ilegal de Peña en Televisa fue cubierta naturalmente con recursos públicos, aunque el Tribunal Electoral exoneró al entonces gobernador argumentando que todo había sido producto de errores de la televisora, lo cual nadie creyó en lo más mínimo. En realidad, al entonces gobernador se le conoció en otros estados gracias a sus espots, con “producto integrado”, que incluyen entrevistas y noticias falsas. Después, ya vimos cómo se compra el voto con tarjetas Monex, entre otras, y cómo se canalizan ilícitamente millonarias cantidades a una campaña electoral.

El estilo Atlacomulco nunca se ha visto afectado por falta de billetes. Hank González no sólo usaba el dinero para la política en su Estado sino a nivel nacional y para el patrimonio familiar. Aquel que empezó siendo un profesor rural, se convirtió en un acaudalado transportista e industrial, y decía que “un político pobre es un pobre político”, una de las frases supremas del estilo Atlacomulco.

Se podría escribir acerca de cada gobernador mexiquense pero sería largo. El que conmovió por burdo y descarado fue Arturo Montiel, quien había postulado que los delincuentes no tienen derechos humanos, claro que sin incluirse él mismo. Su hijo fue sorprendido en una sucursal bancaria con muchos millones en efectivo para pagar la compra de una casa. Era tan escandaloso el enriquecimiento de Montiel, el maestro y protector de Peña Nieto, que tuvo que tomar la “decisión más difícil de mi vida”, según dijo, de retirarse de la contienda priista por la candidatura presidencial de 2006, pero fue declarado políticamente inimputable por su protegido y discípulo.

El tema de la “casa blanca” de Las Lomas es tan conocido que ya ni vale la pena destinarle más de una frase.

El Grupo Atlacomulco ha creado estilo pero no sólo por el alto nivel de su corrupción e impunidad sino por la forma en que usa los recursos públicos para hacer política a nivel nacional. Podría decirse que esos políticos son incultos pero no lugareños.

Eruviel Ávila, el actual gobernador, publica su foto todos los días en muchos periódicos y también aparece en otros medios de comunicación. Todo eso costeado con dinero público, lo cual convierte sus “mensajes” en actos inconstitucionales, pues el artículo 134, párrafo 8, de la Constitución dice, en referencia a la publicidad de los poderes y demás entidades públicas: “En ningún caso incluirá nombres, imágenes, voces o símbolos que impliquen propaganda personalizada de cualquier servidor público”. Hay muchos políticos que violan este y otros preceptos de la Carta Magna, pero, ¿todos los días, como lo hace Eruviel Ávila? Este es puro estilo Atlacomulco.

Mas al actual gobernador mexiquense, tan difundido por la gacetilla, le importa poco que la Auditoría Superior de la Federación señale públicamente que “no cumplió las disposiciones legales y normativas aplicablesen la materia”, en referencia a recursos federales trasladados para obra pública. Además, se sabe que deposita el dinero del presupuesto en instrumentos financieros y, después de meses, se vuela los intereses o regalías. Esto se llama “jinetear” y privatizar beneficios. Forma parte del mencionado estilo.

Todo lo anterior viene a cuento porque el PRI, como era de esperarse, ha postulado a un distinguido integrante del Grupo Atlacomulco, quien además está en el árbol genealógico y es pariente de Peña Nieto: Alfredo del Mazo. Por añadidura, es hijo de uno que fue gobernador con estilo.

El priista dice que es el candidato de las mujeres, de los jóvenes, de los adultos mayores, de los empresarios, de los campesinos, de los obreros, de los comerciantes y hasta de los niños, aunque no voten. Lo que sí es seguro es que representa a un grupo especialmente significado por su corrupción, la cual ya ha asomado en la precampaña, siempre acompañada de medio gabinete presidencial y del mismísimo Peña Nieto. Lo único que pide ahora Alfredo del Mazo es que López Obrador no se vuelva a parar en el Estado de México hasta después de las elecciones locales, solicitud que le ha presentado formalmente y en público a Delfina Gómez, candidata de Morena. Esta clase de peticiones no era algo del estilo Atlacomulco. Por lo visto algo ha cambiado.

Le toca a la izquierda con López Obrador

La izquierda mexicana en su conjunto mide un 20 por ciento de los votantes y cuenta con una banda de desplazamiento de otro 20 por ciento, compuesta por quienes, llegado el momento, podrían apoyarla.

En México, a nivel nacional, el electorado activo ha conformado, desde hace años, tres tercios políticos, de tal suerte que quien obtiene el mayor de éstos se hace presidente del país. Si la izquierda se une y avanza hacia su electorado vecino próximo, tendrá acceso a Los Pinos en 2018.

El tiempo de una presidencia de izquierda estaba definido en 2006, después del fracaso de Vicente Fox y su traición a la democracia, como lo dijo muy bien López Obrador. Ocurrieron, sin embargo, algunos imprevistos y una parte del PRI se fue de plano a apoyar a Felipe Calderón, quien además hizo algunos “ajustes” electorales en varios estados, especialmente en Guanajuato, de tal manera que, por cinco décimas de diferencia, obtuvo la Presidencia de la República, “haiga sido como haiga sido”, según sus propias palabras.

El acceso al Poder Ejecutivo de un priista convencional en el año 2012 ha estado operando como promisorio factor para que la izquierda se aproxime a su propio tiempo, ya que no es sencillo para cualquier gobierno ir tan mal como el de Peña Nieto: no ha resuelto ningún problema pero tampoco convoca a resolver alguno. En consecuencia, el presidente habla sin que se le entienda.

Tenemos dos crisis paralelas, aunque vinculadas a través de múltiples vasos comunicantes: la de violencia y la de corrupción. Además, la economía no crece y la angustia invade millones de hogares, lo cual conforma una tercera crisis, pero ya encallecida durante 35 penosos años de estancamiento en que se ha concentrado el ingreso como en ningún otro país.

Los dos partidos que comparten el modelo económico y el sistema político, es decir, el PRI y el PAN, no han sido capaces de proponer algo interesante para remontar la tercia de crisis que nos agobia. La instauración de un Estado democrático y social de derecho, bandera de las izquierdas mexicanas, sería un camino viable si acaso fuera acompañada de una condición indispensable: el combate radical contra la corrupción.

Es aquí donde la historia se vuelve a encontrar con Andrés Manuel López Obrador, quien considera que la corrupción es el principal problema político del país. En esto no se equivoca, aunque la lucha contra ésta tampoco resolvería por sí misma los problemas sociales de México, los cuales son de mayor calado. De poco serviría combatir la corrupción sin programa social y democrático.

Si la izquierda en su acepción más amplia, es decir, el pueblo de izquierda y el sector proclive a escuchar los llamados políticos y morales de ésta, no acertara en retomar sus propios pasos de unidad política, la cual implicaría una sola candidatura a la Presidencia de la República y unos candidatos comunes al Congreso, se convertiría en una corriente de espaldas a su propia gente y a su propio país.

En términos más concretos, si el PRD, en su acelerado declive político y moral, insistiera en repudiar la candidatura de López Obrador, estaría apostando en favor del fracaso de la izquierda en el nuevo intento de tomar la Presidencia de la República para buscar otro rumbo nacional. Cierto que el PRD podría fracasar en impedir que la izquierda se alzara con la victoria electoral, pero también podría lograr la obstrucción, con la cual el país sería entonces conducido, una vez más, al despeñadero que le siguen ofreciendo las derechas, el cual consiste en no tener rumbo alguno en el marco del resonante fracaso del neoliberalismo.

Cierto que, llegado el momento, podrían ser pocos quienes votaran por el PRD, pero a veces –ya lo hemos visto– , unos cuantos sufragios pueden hacer la diferencia. De cualquier forma, la obligación de todas las izquierdas, aunque algunas ya sean más nominales que reales, es tener un solo candidato y tratar de dar una salida al manojo de crisis que vive el país.

Este es el plano en el que se desenvuelve y va creciendo la candidatura de Andrés Manuel López Obrador, sujeto a toda clase de campañas en su contra, las cuales podrían conducir al intento de invalidar su candidatura en una suerte de nuevo desafuero. Que luego no se niegue el complot.

Como no se trata de una persona sino de una gran parte de la sociedad mexicana, lo necesario en el momento actual es definir una opción clara de candidatura, dejarse de grillas y especulaciones, sentar posición y tomar parte de un bando en el plano de la lucha política.

Hay que concurrir, por ello, a una gran confluencia de las fuerzas de izquierda con la candidatura de López Obrador a la Presidencia de la República, manteniendo abiertas las discusiones sinceras y honradas, así como la crítica pública, pero sin dejar de tener los pies sobre la superficie y, ante todo, jugársela con lealtad en los pantanosos terrenos de la lucha política.