Partido de masas

El Partido de la Revolución Democrática es un partido de masas. Así fue fundado y siempre lo ha sido. Pero su participación en instancias de gobierno y su gestión social lo convirtieron en un partido con clientelas que no son organizadas directamente sino por los grupos políticos que lo integran. Aquí tenemos una característica adicional: un partido de grupos.

El PRD no es el único partido en el mundo que es así. Todos los partidos de masas que, además, son de grupos, realizan su clientelismo principalmente a través de éstos. Mas el requisito político para integrarse en el partido no es siempre igual en todas partes; en el PRD es bajísimo, lo que permite que cualquiera haga un grupo y opere con la franquicia PRD, independientemente de sus posiciones políticas y de su conducta pública. He aquí otra característica.

Lo anterior ha sido visto en las recientes elecciones internas del PRD, en las que fueron elegidos 320 consejeros nacionales, 3 mil 450 estatales, 25 mil 770 municipales y mil 200 congresistas nacionales de un total de 89 mil 348 candidatos y con una participación de más de un millón 800 mil votantes. La intervención del INE impidió urnas embarazadas y desaparición de boletas; por fin hubo elecciones en no pocos lugares del país. Pero el PRD no cambió con la decisión de invitar a la autoridad nacional electoral a organizar su propia elección.

Los grupos internos del PRD, los cuales en su conjunto lograron una afiliación de 4 millones y medio, no fueron capaces de llevar a las urnas a más del 40 por ciento. Esto quiere decir que tales grupos abultan los registros y carecen de capacidad de movilización de una mayoría de personas afiliadas por ellos mismos. Este dato pone en duda la justificación del modo grupal-clientelar con el que se organiza el partido.

Además, la movilización electoral mostró la existencia de cajas de recursos propios de los grupos más grandes. El sistema mexicano de las despensas y el dinero en efectivo es una parte; la otra es el transporte con o sin gratificaciones inmediatas y personales. Esto quiere decir, por un lado, que sin recursos económicos el apoyo electoral de cada cual sería mucho menor y, por el otro, que la masa afiliada al partido está llena de personas distantes de una causa política general. Además, las finanzas de los grupos, ya sea por cuotas de sus miembros (servidores públicos) o por gestiones directas, crea una especie de poder económico por encima de las relaciones políticas dentro de un mismo partido, lo cual hace que la estructura partidista dependa demasiado de algunas circunstancias o, en otras palabras, que ésta resulte ser más de papel que de conciencia.

El resultado electoral es el esperado. Ningún grupo tiene la mayoría. Quien encabece el comité ejecutivo será producto de una alianza, la cual ya estaba pactada aunque no había necesidad. En el PRD no hay carro completo, el Estatuto lo prohíbe. La dirección nacional será de composición en razón de los votos de cada planilla. Mas el hecho de que no haya mayoría consolidada y firme es otra de sus características, lo cual pone en duda el modelo en general, pues no existen suficientes bases de unidad interna como para poder navegar con certidumbre sobre las grandes olas de la lucha política.

Como la elección fue indirecta, es decir, sólo de consejeros pero no de presidente del partido, el PRD no proyectó ningún liderazgo. Los partidos suelen necesitar líderes fuertes, líderes de masas, líderes intelectuales. Todo esto no parece algo que por ahora tenga que ver con el PRD.

Estas elecciones son una oportunidad para hacer un estudio del PRD y un informe que pueda debatirse abiertamente. El tema del partido sigue teniendo relieve y es mejor abordarlo desde una perspectiva militante.

Catalunya frente al espejo

Cataluña se encuentra frente al espejo y se reconoce a pesar de las aberraciones añadidas por el dominio español de siglos. Cataluña no busca algo de España en el espejo. Pero aunque España no se vea reflejada, busca desde fuera que Catalunya sea como es ella.

El actual Estado español es como el imperio español: no reconoce el derecho de nadie a decidir por sí mismo. Todo territorio conquistado es suyo por legado histórico. Las secesiones se han realizado a sangre y fuego. Nunca España cedió algo por estricto derecho. La Reconquista es apreciada como la fundación radical del españolismo: volver después de siete siglos. Quizá por ello España defiende lo que piensa que es suyo sin importar lo que piensen los demás. Los catalanes son los demás.

Dice la Constitución que ella “se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Aquí hay varios errores voluntarios: no se habla de un fundamento del Estado español sino de su Carta Fundamental, que no es exactamente lo mismo. Se define a la Nación española como patria de todos, pero aquélla no existe más que como forma política impuesta: España es producto político de varias nacionalidades, las cuales son llamadas así en la Constitución, nacionalidades, que no conforman, sin embargo, naciones. No existe, en el texto constitucional, por tanto, la nación de Catalunya sino la nacionalidad catalana, de donde habría que deducir mediante un gran salto que no se debe reconocer la capacidad soberana del país catalán para gobernarse a sí mismo. La nacionalidad catalana resulta ser parte de otra Nación (así, con mayúscula constitucional) que se llama España, pero los catalanes y las catalanas son lo que son y en su mayoría no parecen considerarse españoles y españolas sin que eso resulte denigrante sino sencillamente otra cosa.

Más allá de la nación o de la Nación, en Catalunya hay un pueblo y, como todos, tiene derecho a decidir sobre sí mismo. Punto. No debería discutirse más. La consulta en Cataluña no puede declararse ilegal en tanto sea producto del ejercicio de un derecho fundamental que se llama libre autodeterminación de los pueblos, diga lo que diga la errónea Constitución española.

Creo, sin embargo, que la independencia de Cataluña no agregaría nada desde el punto de vista social y de la democracia. Yo no votaría a favor de la secesión, pero no se puede ir impunemente por el mundo negando el derecho de autodeterminación de los pueblos.

Hay una diferencia arrolladora entre Quebec y Escocia, por un lado, y Cataluña, por el otro: las primeras son libres porque tienen derecho a decidir sobre su independencia; la otra no lo es porque se le niega ese mismo derecho. La libertad no es la independencia sino el derecho de decidirla libremente. Inglaterra guerreó para no aceptar varias independencias pero hacia el final de su colonialismo terminó cediendo por derecho. No ha sido lo mismo con España. La madre patria, como se decía en México, nunca cedió nada, todo lo tuvo que perder por la fuerza.

Todo el españolismo se ha unido contra el derecho de decisión de Catalunya. Pero mientras los socialistas proponen algo a cambio –la federación—, los conservadores del partido gobernante no ofrecen absolutamente nada. Sin embargo, no pasa desapercibido que ambos partidos nieguen de por sí ese derecho, se comporten como salvaguardias de la herencia expansionista, sean partes en conflicto de la España monárquica dejada ahí por el franquismo como testimonio histórico de su victoria sobre la república laica y democrática, encarnen el hispanismo colonial replegado por fuerza a la península. España no ha cambiado tanto a pesar de los tan difíciles cambios que ha logrado con sus grandes y ejemplares luchas. Hay algo que sigue siendo, a pesar de todo, lo español.

 

Consulta, consulta y consulta

Parece que a partir de la lucha por la consulta sobre las industrias de la energía y los yacimientos de hidrocarburos, otros dos partidos –el PRI y el PAN—también quieren que se consulte a la ciudadanía. Es interesante advertir y dar seguimiento a las reacciones ante la puesta en marcha de un proceso democrático, en este caso impulsado por el PRD.

El PRI ha rechazado la consulta sobre energía con el argumento de que el voto popular no es idóneo para echar abajo una reforma de la Constitución, pero propone otra consulta para derogar preceptos de la misma Constitución (artículos 52, 54 y 56) y eliminar 32 senadores de representación proporcional y 100 diputados plurinominales con el fin de “ahorrar” dinero. Habría que agradecer al PRI que al fin admita que la Constitución sí puede ser votada por la ciudadanía, la cual es el soberano según la doctrina que expone la propia Carta Magna. Pero también habría que agradecerle que reconozca que los gastos del Congreso son demasiado altos y deben bajar, lo cual, por cierto, se podría hacer ahora mismo con la sola aceptación de parte del redivivo partidazo.

El gobierno cree que esa consulta la ganaría fácilmente y es posible que así fuera, pero eso no quiere decir que un método de representación menos proporcional sea más democrático. Los sistemas de mayoría relativa por distritos (Estados Unidos y Gran Bretaña entre los más conocidos) son notoriamente antidemocráticos en la forma de integrar sus parlamentos. Con ese método, los electores que se representan son únicamente quienes votan por el candidato elegido en una demarcación territorial. Quienes sufragan a favor de los otros candidatos no se encuentran representados; es como si no existieran, pero podrían ser la mayoría. En varios países están representados en los parlamentos la mitad o menos de los votantes: son democracias diseñadas para las minorías. Los sistemas de representación proporcional (aún los mixtos como en México y Alemania) se han construido para que la inmensa mayoría de los votantes esté representada.

Ahora bien, si se eliminan 100 diputados y 32 senadores, lo que se logrará es una mayor sobrerrepresentación en las cámaras y, con ello, el partido con más votos podrá tener más fácilmente la mayoría absoluta en el Congreso sin representar más de la mitad de los votos reales. Eso es lo que busca el PRI pensando en ser el partido más votado con menos del 40 por ciento en 2015. El gobierno de Peña quiere consolidar una democracia de minoría, donde el término democracia debería estar entre comillas.

En cuanto al PAN, ése sí que no se midió. Consultar sobre el salario mínimo es garantía de triunfo arrollador. Todos, excepto algunos muy necios, votarán a favor de un aumento pero con ese mandato no se arreglaría nada porque, si bien el salario mínimo sería mayor en 2016, no se propone ningún parámetro cuantitativo de referencia para convertirlo para siempre en un mínimo de verdad. La Constitución ya dice que debe ser “suficiente para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural”. Este es, como otros, un texto muerto que no fue rescatado por los dos sucesivos gobiernos panistas (12 años) bajo los cuales el salario mínimo disminuyó.

Sea como sea, bienvenidas las consultas, la participación directa de la ciudadanía en decisiones, el ejercicio de poder popular, la discusión de temas relevantes, aunque sea dudoso que la televisión se vaya a abrir al debate. Según parece –si no se trata de un puro blof o de maniobras para rechazar en la Corte la consulta sobre energía–, podríamos tener en el año de 2015 tres consultas, de las cuales dos serían referendos (la energética y la del Congreso—y la otra (salario mínimo) sería un plebiscito.

Salario y productividad

Cuando los salarios son bajos por decreto del Estado lo que ocurre es que el trabajo se deteriora, se descalifica. Muchos capitalistas se encuentran felices de pagar salarios bajos pero la productividad de sus trabajadores suele ser también baja. La tasa de plusvalor en los sectores de bajos salarios es menor que en los sectores de mayores remuneraciones y, por tanto, la tasa de explotación es también menor. Pero nuestro pequeño o mediano capitalista no se da cuenta de esto porque su masa de ganancia la utiliza con frecuencia para ahorrar en otro lado y para gastarla en lugar de invertir bajo nuevas pautas técnicas. Estará muy feliz en tanto que los salarios pagados sean bajos y se mantenga su tasa histórica de ganancia. Tiene que surgir un poderoso movimiento sindical que le haga entender que los bajos salarios que paga no le ayudan a realizar mejor sus funciones de explotador del trabajo ajeno mientras las grandes ganancias se concentran y centralizan en pocas manos de tal manera que el proceso de acumulación de capital se dirige desde unas cuantas corporaciones. Lo malo es que ese movimiento sindical no ha surgido.

La renovada tesis dogmática de que para aumentar los salarios (sanamente, Carstens dixit) se requiere que antes se eleve la productividad del trabajo asalariado es como la pregunta sobre el huevo y la gallina, o sea, es no comprender nada. El esquema de salarios bajos se basa en el trabajo menos calificado, es decir, con menor capacidad productiva, con menos generación de plusvalor por unidad de capital invertido en salarios (tasa de plusvalor), con trabajadores menos explotados pero quizá más simpáticos porque aguantan todo aunque viven muy mal. Lo sensacional es que esta tesis es también asumida por algunos líderes de la UNT (sí, Unión Nacional de Trabajadores), además de la CTM y otras centrales charras.

Quienes defienden los salarios bajos en realidad defienden una tasa general de ganancia que no es compatible con una mayor productividad o, dicho en otros términos, la ganancia por unidad monetaria invertida se basa en el bajo salario mucho más que en un incremento de la capacidad productiva del trabajo social. Existe una especie de artificio que es el decreto de control salarial, el cual opera siempre en contra de los trabajadores cuando en realidad eso del salario mínimo por ley ha sido planteado históricamente para dar una garantía a los trabajadores y atenuar la competencia entre éstos, la cual tiene en parte su base en el desempleo. Hoy, en México, el salario mínimo se ha convertido en lo contrario de lo que es en muchos otros países pues, si no existiera, no podría haber otro menor. Pero también juega un papel de control salarial sobre las percepciones contractuales, es decir, sobre los salarios en general.

Durante décadas, los salarios mínimos y la mayoría de los otros salarios han crecido por debajo de la inflación (han decrecido en términos reales), muchos de ellos también por debajo del aumento en la productividad, pero entonces no se dijo que tal salariocidio era inconveniente para la economía. Hoy, se dice que primero debe aumentar la productividad y, después, si acaso, el salario. Se mantiene el mismo círculo vicioso típico de esa rastacuera burguesía y sus políticos, con el cual han condenado al país a la paralización y la pobreza.

Cualquier política de bajos salarios impide el crecimiento de la productividad del trabajo y la ampliación del mercado interno. Como en México la única política productiva se llama NAFTA, entonces al gobierno y a la patronal les importa un comino el salario miserable y el estancamiento de la demanda doméstica.

Salario y ganancia

Cada año se le recorta al salario mínimo una parte de su valor mediante un sencillo decreto emitido por un organismo del Estado que sirve para expresar el acuerdo entre el gobierno y la patronal. Como se paga el salario mínimo oficial a relativamente pocos trabajadores, se olvida pronto que tiene en sí mismo un impacto y que el mínimo en verdad general está entre dos y tres salarios legales de tal forma que al mantener a la baja el SMG se rebaja también el salario mínimo funcional. En palabras más sencillas, cada año bajan los salarios de los trabajadores en general. El verdadero debate se encuentra en eso.

Una de las fórmulas mexicanas para sostener la inversión ha sido el defender las tasas de ganancia de las empresas pequeñas y medianas. El bajo salario de los trabajadores ha sido un instrumento de ese objetivo de política económica. Se trata en efecto de un mecanismo consistente en la determinación legal del salario mínimo y el establecimiento del llamado tope salarial que tiende a igualar el incremento nominal anual.

La desproporción se encuentra ubicada en la tasa de ganancia, es decir la utilidad neta obtenida por cada peso de inversión en el año. La política salarial ha defendido una determinada tasa media de ganancia que se cree permite la rentabilidad de la generalidad de los negocios. Muchos trabajadores calificados prefieren el trabajo eventual e informal que el de fábrica justamente por el bajo salario, mientras que los trabajadores no calificados generan una competencia muy fuerte en el mercado laboral porque son demasiados y ganan muy poco. En conclusión, el sistema no funciona para promover el trabajo calificado, lo cual perjudica el nivel de productividad de la economía. Todo ello en aras de una solución aparentemente fácil pero falsa al problema de la tasa media de ganancia.

Esa política salarial es defendida a capa y espada por el gobierno y la patronal como si se tratara de una tabla de salvación del capitalismo. La necedad de nuestra burguesía es verdaderamente ineluctable. El salario debe corresponder a una tasa media de ganancia que no impida otras tasas mucho mayores en función de la productividad del trabajo. Lo que ocurre en México es que el reducido salario tiende a nivelar a las empresas en forma tal que las pequeñas tienen unas tasas de ganancia demasiado altas, más allá de lo que es natural en esta clase de negocios. Para obtener una ganancia suficiente que permita el funcionamiento de un changarro se necesita una tasa enorme pero en México ésta se define sólo por el bajo salario del trabajador, de tal manera que la pobreza sostiene a un capitalismo de muy baja productividad. En consecuencia, importa menos el tamaño del mercado interno que la tasa histórica de ganancia con lo cual se renuncia a la expansión.

Los partidarios de la actual política salarial siguen sosteniendo el viejísimo dogma (siglo XVIII) de que los precios de las mercancías se determinan o regulan por los salarios, con el cual lo único que hacen es condenar al capitalismo mexicano a su mediocridad al no entender que, por regla general, el trabajo mejor retribuido produce mercancías más baratas y el peor retribuido produce mercancías más caras, lo cual de ninguna forma explica que el trabajo mal pagado y el mejor remunerado determinen los diferenciales de precio de las respectivas mercancías y servicios, pero sí demuestra que el salario no es el factor determinante de los precios.

La solución estriba en una nueva política salarial que permita, en primer lugar, la recuperación del salario pues éste ha perdido demasiado en los últimos lustros. En segundo lugar, se deben impulsar remuneraciones más vinculadas a la capacidad productiva del trabajo industrial y a los requerimientos modernizadores de los servicios. Mas, para ser sinceros, eso no podría ser posible sin que la izquierda tome el poder político.

Guerra de los quesos

Durante la guerra fría, los bloqueos comerciales no pusieron las cosas al borde de la guerra. El más prolongado y aún vigente es el decretado por Estados Unidos contra Cuba, país que antes de su revolución hacía todo su comercio con los estadunidenses al punto de que en el GATT figuraba por vía de excepción la cuota azucarera.

Hoy, Estados Unidos está llevando a cabo una política de sanciones a Rusia como respuesta a la anexión de Crimea y el apoyo a los rusos de Ucrania. Pero la respuesta del Kremlin se ha ido por el camino de la escalada de represalias comerciales, las cuales podrían ser contrarias a las normas de la Organización Mundial de Comercio. Al respecto, Vladímir Putin, algo así como un presidente absoluto, se ha lanzado a la guerra de los quesos al firmar un decreto que prohíbe o limita la importación del lácteo así como de carne (vacas locas) y animales vivos (fiebre catarral) de países como Japón, Rumania, Grecia, Italia, Bulgaria y Noruega, después de haber dejado de comprar manzanas a Polonia y leche a Ucrania.

Una cuarta parte del gas que llega a Alemania desde Rusia atraviesa Ucrania y puede dejar de ser suministrada tan luego como las cosas lleguen a un punto que ya está previsto. Al parecer, Obama quiere ir midiendo las respuestas viscerales de Putin pero sin hacer la menor concesión respecto de la absorción total de Ucrania por parte de la Unión Europea y de la OTAN.

Mas no se trata de un regreso a la confrontación de los grandes bloques político-militares de la segunda posguerra, sino de algo más peligroso. Las guerras entre países siempre se han llevado a cabo como expresiones concretas de relaciones de dominio, es decir, de intereses directamente económicos. Hace 100 años se demostró que la llamada “Gran Guerra” era una disputa sobre Europa y otras regiones, por la cual cayeron 15 millones en las trincheras. La llamada “Segunda Guerra Mundial”, con más de 40 millones de víctimas mortales, también enfrentó a unos capitalistas con otros, con todo y la estupidez de Hitler de unir a occidente con la URSS, la cual fue producto de un triunfalismo muy propio de aquella Alemania. Ya no se quiere recordar al militarismo japonés pero era un instrumento de otro imperialismo en Oriente. Dígase de una forma o de otra, con análisis claro u oscuro, con discurso o sin oratoria, con flores o sin ellas, las luchas entre los poderes económico-políticos han llevado a la guerra. Conste que sólo nos hemos referido a dos grandes monstruosidades del siglo XX, pero se han producido muchas más.

Ahora bien, el conflicto con Rusia no parece ser tan grave pues por lo pronto sólo estriba en Ucrania, pero puede crecer. Con otras palabras, la cuestión puede radicar en los quesos pero bajo la posesión de armas nucleares. Rusia tiene bombas y misiles para transportarlas, las cuales –¿ya lo hemos olvidado?—poseen capacidad para sumir al planeta en un invierno durante miles de años.

Hace ya un tiempo (1983), Deng Xiaoping me respondió al respecto que nadie se iba a atrever a desatar una guerra nuclear. Naturalmente yo no podía demostrar lo contrario, pero le dije que algo parecido se había dicho antes de cada gran guerra internacional por lo que no existía garantía de sensatez humana. Deng ha tenido razón. En realidad las fuerzas militares disuasivas son tales en tanto que no se puede saber quienes podrían resultar victoriosos del uso del armamento, pero si las cosas dejan de ser así y todos los poderosos llegan a pensar que la sola amenaza atómica puede ser suficiente para ganar sin llevar a cabo la guerra, entonces se hará posible que la humanidad sucumba bajo el arma nuclear.

Una guerra de los quesos podría ser posible debido a que la Rusia capitalista no puede actuar como potencia sin serlo. O, en otros términos, Rusia no puede hacer valer su poderío bajo reglas actuales del capitalismo occidental. Pero puede hacer la guerra. Eso sí.

Masacre

A Hanin Zoabi, diputada al parlamento de Israel, condenada a guardar silencio por haber expresado su pensamiento

Lo que está ocurriendo en Gaza es una masacre por parte del gobierno de Netanyahu. La política fundamentalista israelí se da la mano con la política fundamentalista de Hamás, quien gobierna Gaza. Son dos fundamentalismos a quien casi todos los gobiernos del mundo les piden que cesen sus acciones bélicas, aunque ciertamente la ofensiva de Hamás es muy débil con misiles casi siempre inofensivos frente a las armas de muy alta precisión de Israel que han logrado crear terror en barrios populares e incluso escuelas: más de mil muertos en menos de un mes.

Palestina ha sido sacrificada en el altar del fundamentalismo nacional israelí apoyado sin matices críticos por parte de la clase política estadunidense, es decir, todas las instituciones y los grandes poderes económicos de ese país. Nada ha regateado Estados Unidos a Israel. La doctrina de la seguridad nacional se ha trasladado en la forma más grotesca hasta el Medio Oriente en donde está claro para ese belicismo que el enemigo es Palestina pues la parte laica del eje árabe ha sido desarticulado tanto por la bancarrota de un socialismo propio que culminó en el mayor despotismo como por décadas de acción política y ayuda militar estadounidense. Hamás juega aquí un papel menos relevante del que se le asigna aunque su política fundamentalista es mentirosa y manipuladora. Los islamitas palestinos saben muy bien que los misiles disparados desde Gaza carecen de capacidad letal, tanto porque Israel tiene defensas antiaéreas como porque muchas armas de Hamás parecen más bien fuegos de artificio. Al fin, si Hamás no gobernara Gaza sino Fatah las cosas no serían diferentes desde el punto de vista político.

El presidente Obama ha pedido el cese al fuego y pareciera que ha dicho lo contrario. El gobierno de Washington es el más importante sostén exterior del gobierno de Netanyahu y de los operadores de la política de ojo por ojo que se aplica desde Tel Aviv. Ningún gobernante occidental u oriental ha apoyado al gobierno de Israel en la masacre que lleva a cabo contra Gaza, pero parece que eso no tendrá ninguna repercusión, ni la más mínima, tal como ocurre con todas las resoluciones internacionales contra el gobierno de Israel aprobadas durante décadas y que ya ni siquiera son leídas. Aquí nadie pide sanciones y a lo más que se llega es a lamentos o ruegos. No hay duda que la existencia misma de Israel con su política de fundamentalismo nacional y su doctrina militarista de seguridad es como algo mágico en tanto que no parece haber la menor capacidad para detenerla o acaso moderarla en aras de abrir el camino de una solución política seria y perdurable en el conflicto que ya no es árabe-israelí sino sólo entre Israel y Palestina. Un pequeño país de Medio Oriente, con el gran apoyo de todo el capitalismo occidental pudo salir airoso ante la otrora coalición del mundo árabe y de gobiernos islámicos. Ahora, Israel tiene frente a sí sólo a Palestina pero no ha cambiado un ápice su política. Palestina vive de la cooperación internacional pero, bien vistas las cosas, también Israel con la diferencia de que este último es mucho más caro.

En conclusión, Estados Unidos y sus socios occidentales tienen que cambiar radicalmente de política frente a Israel porque sólo así se puede abrir paso a la paz sobre la base del respeto a la soberanía de los pueblos, la independencia nacional de cada cual y la vecindad pacífica. Si en Estados Unidos no hay quien pueda empezar a cambiar las cosas al respecto, no lo habrá en ninguna otra parte del mundo: nadie de fuera quiere arriesgarse en aras de una incierta paz en tan estrecho y abigarrado territorio. Mientras Israel tenga todo de su lado seguirá con las masacres de su militarismo fundamentalista.

¿Goodbye Pemex?

Ningún país pobre pudo crear una sociedad relativamente rica con sólo producir petróleo. México no ha sido la excepción pues hasta ahora se encuentra por encima del índice de pobreza mundial, para vergüenza de muchos mexicanos. Pero un país que tiene petróleo al menos puede tener soberanía en la materia y decidir sobre el uso de los excedentes económicos que en tiempos recientes genera la producción y venta del energético. México dejará de asumir esa responsabilidad durante el tiempo en que dure en vigencia la reforma de Peña Nieto.

Lo que se quiere imponer no es nada sencillo pero tampoco será perdurable. La riqueza mexicana de energéticos es tan potencialmente grande que habrá tiempo para que la reforma privatizadora pueda ser revertida con el simple argumento que brinde el hacer bien las cuentas. Jamás podrá un contrato o concesión dar más dinero a un Estado que la explotación directa del recurso natural. Eso lo sabe cualquier idiota en el mundo entero. Entonces, estamos frente a una cuestión de capacidad como país y de tiempo de un gobierno. Según Peña Nieto, en unos cuantos años tan sólo el Golfo podría brindar un millón de barriles diarios adicionales, sobre los cuales el gobierno podría cobrar derechos en cantidad ahora no determinada pero supuestamente mayor a la que Pemex podría brindar si tuviera que organizarlo todo. Así, el problema es Pemex, organismo que habría que convertir en concurrente menor de la industria petrolera abriendo el camino a las trasnacionales expropiadas en 1938. Por eso se consolidará también el pasivo laboral de Pemex para imponer el sistema de retiros individuales y de administración privada.

De acuerdo con el proyecto de Peña, el gobierno podrá administrar directamente la asignación de campos, es decir, de yacimientos, a favor de cualquier empresa. Ya se sabe que las trasnacionales ofrecerán siempre mayor rapidez en la ejecución de las obras, lo cual es lo que más importa para el gobierno actual, persuadido –según dice—de que el petróleo crudo va a dejar de ser tan caro como ahora en el mercado mundial. Pero también se quiere entrar al callejón del llamado hidrocarburo no convencional cuya tecnología de producción no conoce Pemex: se trata de una industria prohibida en un número creciente de países pero que a Peña le urge inaugurar en el norte de México donde menos agua tenemos.

En lugar de reformar Pemex para combatir su corrupción que tanto daño ha hecho, para incrementar su capacidad industrial y para generar la ingeniería que México requiere, el gobierno ha decidido empezar su eliminación con el imprescindible y entusiasta apoyo de Acción Nacional que nació a raíz de la expropiación de 1938. Esta ya no es una victoria moral de la derecha sino una a secas aunque 75 años más tarde.

La respuesta de la izquierda es la correcta: buscar que el pueblo vote y decida. El planteamiento es incuestionable en todos sus aspectos por más que los trapecistas del derecho han de tomar la palabra para tratar de hacer bolas a quien se deje. Estas son cosas que deben ser decididas por la ciudadanía tanto como la elección de gobernantes y legisladores. No se trata solamente de una reversa histórica sino del peor negocio que puede hacer un país con sus recursos nacionalizados, la peor entrega de algo que ya se tiene. La cuestión no se reduce a Pemex sino que se renuncia a ejercer soberanía energética, se proclama a los cuatro vientos la incapacidad para resolver grandes problemas y se quiere convencer a los mexicanos de que son un pueblo inepto.

Nuevo partido; viejos motivos

Al principio, la creación del Movimiento de Regeneración Nacional no fue un rompimiento con el Partido de la Revolución Democrática sino una forma que adoptó López Obrador para actuar en paralelo al que era entonces su partido. Los promotores del cambio verdadero se organizaron alrededor de un liderazgo que actuaba aún dentro del PRD. Lo que ahora se dice no es congruente con la historia de Morena pues el PRD parecía entonces un partido con el que se podía navegar en tanto López Obrador fuera su candidato pero, ahora, es el motivo por el cual Morena parece adquirir existencia.

Ese planteamiento del nuevo partido es peligroso para sí mismo. ¿Si no fuera por el PRD no se justificaría Morena? La pregunta es hasta cierto punto irrisoria pero se deriva de un discurso que también podría serlo. Es evidente sin embargo que Morena es una escisión del PRD pero que ésa no fue producto de una lucha política interna sino de un liderazgo que no encontró el lugar que este mismo exigió. Para tratar de explicar las cosas, López Obrador ha dicho que Morena surgió ante la traición del PRD al firmar el Pacto por México, lo cual es también irrisorio pues el nuevo partido fue anunciado mucho antes del malogrado Pacto.

El Pacto fue la plataforma de búsqueda de acuerdos más amplia que jamás haya firmado un gobierno con las principales oposiciones. Colgarse de la decisión perredista de proponerlo y, luego, firmarlo carecería de objeto si no fuera porque el llamado Pacto ha sido desacreditado por la decisión de Peña de volver a la política de hacer un gobierno sin compromisos con el propósito principal de imponer lo que justamente no estaba en el Pacto, entre otras la reforma de energía. Así, Morena toma como buena la acción del gobierno de desistirse del diálogo político y proclama que no está abierto a tener acuerdos absolutamente con nadie. Pero si esto es así hoy, se asumiría la misma conducta en la eventualidad de que Andrés Manuel lograra la Presidencia de la República. El desistimiento de Peña del compromiso de llegar a acuerdos formales y programados con los partidos de oposición es un arrogante acto de supremacía de un partido que obtuvo sólo un tercio de los votos, lo cual somete al país al dictado de una minoría. Ese criterio antidemocrático, proviniendo del PRI, no es nada extraño, pero ¿también es de la izquierda?

La escisión de López Obrador se quiere justificar con una crítica fuera de foco. La verdad es que el PRD se ha convertido en un partido clientelista, sin debate interno y dirigido con métodos cupulares al punto de impedir la presencia de la ciudadanía politizada. Al aplicar una política confusa se pueden dar los más insospechados bandazos según las circunstancias de cada momento, tales como ciertas alianzas electorales y ciertas relaciones oportunistas con no pocos gobernadores. Carecer de un discurso propositivo, claro e inequívoco abre la posibilidad de hacer cualquier cosa.

Por desgracia, la lamentable situación del PRD no ha sido un acicate para que Morena supere los atrasos políticos. Cualquier tema que no le agrade a López Obrador, tal como el de cobrar más impuestos a los ricos o el de otorgar a las mujeres la libertad de decidir sobre su propio cuerpo (la interrupción voluntaria del embarazo), es declarado innecesario o distractor cuando que en realidad el líder de Morena no está de acuerdo con algunos puntos que han figurado durante muchos años en las plataformas de la izquierda, pero no lo dice abiertamente. Si el PRD ha perdido confiabilidad por carecer de una línea debatida, segura y clara, Morena replica ese aspecto con el añadido de que todos los candidatos son nombrados por López Obrador, cuestión que de seguro llevará a inconformidades en el nuevo partido.

 

Reforma política del Congreso

Nota presentada en el Coloquio Modernización del Congreso. Palacio Legislativo de San Lázaro, 15 de julio de 20014

El Congreso mexicano está abierto sólo seis meses y medio al año, carece de un sistema efectivo de investigación, es incapaz de citar a cualquier persona bajo protesta de decir verdad, sus funciones jurisdiccionales se encuentran prácticamente anuladas, no discute con los secretarios de Estado y los directores del sector paraestatal los informes de éstos, no cuenta con sesiones de control sobre el gobierno, no analiza el desempeño del gasto público, no aprueba una política de gasto (Cámara de Diputados) sino sólo asignaciones clientelares, no toma parte en absoluto en la definición de la política arancelaria, no incide en la política exterior (Senado) sino sólo la comenta, entre otras limitaciones estructurales que corresponden a un parlamento relativamente débil.

En México, el sistema presidencialista tradicional fue mucho más fuerte que el actual pero eso no quiere decir que el Congreso haya evolucionado al ritmo de los mandatos de las urnas. Ya no existe un partido con mayoría absoluta pero el gobierno empieza a comportarse muy recientemente como si lo fuera. El motivo de la presente nota es describir la debilidad estructural del Congreso, pues la cuestión política cambia según la composición del mismo.

Así, debemos empezar por las largas vacaciones parlamentarias de cinco meses y medio al año, lo cual es ya raro en el mundo. No es verdad –como se afirma– que los periodos de receso se utilicen para que las comisiones preparen dictámenes, pues siempre que se inician las sesiones ordinarias no hay proyectos listos para su discusión. La Constitución de Querétaro limitaba las sesiones ordinarias a cuatro meses al año bajo el argumento de que en las cámaras se anidaban las más bajas pasiones; después de más de 90 años, ese periodo ha aumentado tan sólo en 45 días, a pesar de los muchos intentos frustrados para lograr que el Congreso permanezca abierto al menos 10 meses. Hace unos 40 años las cámaras sesionaban todos los días excepto los domingos, ahora solamente dos días a la semana. Si hacemos las cuentas en lo que se refiere a plenarias, actualmente las cámaras del Congreso sesionan menos que entonces, quizá no en horas pero, de seguro, en días. La más reciente reforma constitucional en esta materia aportó un mes más de sesiones –el mes de agosto— pero sólo cuando el presidente de la República asuma el cargo el 1º. de octubre, lo cual ocurrirá hasta 2024 y, después, en 2030 y así sucesivamente, lo cual es por lo menos ridículo.

En 1978 fue reformada la Constitución para realizar una reforma política con una apertura a más partidos a los cuales se les otorgó lapsos efectivos para sus mensajes de radio y televisión de 15 minutos mensuales en todos los canales y estaciones en horarios estelares, sobre lo cual se ha producido una involución lamentable. Dentro de esta reforma se le otorgó a la minoría del 25 por ciento de los diputados la capacidad de lograr la integración de comisiones investigadoras de los organismos descentralizados y empresas paraestatales, cuyas conclusiones deberían solamente hacerse del conocimiento del presidente de la República. En cuanto al Senado, esta prerrogativa tiene como requisito la firma de la mitad de los senadores. Sin embargo, no existe en la ley ninguna facultad de investigación de estas comisiones como no sea solicitar informaciones, lo cual se puede hacer sin integrar precisamente una comisión investigadora. Las propuestas al respecto han sido que tales comisiones se puedan formar para cualquier tema de carácter político, es decir, de interés público, tengan las capacidades conferidas al Ministerio Público para llevar a cabo investigaciones y, además, dispongan de un mecanismo de sigilo para aquellas cuestiones que deban mantenerse reservadas de acuerdo con la ley.

Las cámaras del Congreso mexicano ya exigen por mandato constitucional que los servidores públicos que comparezcan en pleno o comisiones lo hagan bajo protesta de decir verdad, lo cual no ha tenido la más mínima consecuencia a pesar de las mentiras vertidas, pero es un principio de veracidad de testimonios. Sin embargo, el Congreso carece de capacidad de hacer comparecer a cualquier persona también bajo protesta de decir verdad y ni siquiera lo pueden llevar a cabo sus comisiones investigadoras, todo lo cual es, en general, un síntoma de atraso político de México y, en concreto, de la capacidad de control político del poder Legislativo mexicano.

La responsabilidad política de los altos funcionarios del Estado –excepto el presidente de la República quien es inimputable en esta materia– se debe procesar, según la Constitución, mediante el juicio político, pero no se ha abierto ninguno. La Cámara de Diputados ha funcionado algunas pocas veces como jurado de procedencia para casos de acusaciones penales de personas aforadas, pero nunca ha iniciado un juicio de responsabilidad política a pesar de que ésta se conserva hasta un año después de haber dejado el cargo. Esta capacidad jurisdiccional del Congreso ha quedado como letra muerta, en parte porque las reglas para incoar el procedimiento son de muy difícil aplicación. Esto ha sido premeditado pues las leyes proceden de la época del PRI como partido mayoritario en ambas cámaras. Además, el proyecto aprobado por el Senado sobre inmunidad constitucional en materia de responsabilidad penal ha sido devuelto por parte de la Cámara de Diputados con el propósito de excluir del alcance de la reforma al presidente de la República y modificar algunos otros aspectos, con lo cual el viejo aforamiento de altos servidores públicos (legisladores incluidos) se mantiene en los términos del siglo XIX en pleno siglo XXI. Desde siempre, los secretarios de Estado han estado obligados a informar cada año al Congreso. Esta obligación implica una facultad de las cámaras para discutir con los secretarios los asuntos de su respectivo ramo. Sin embargo, lo que llega a discutirse ritualmente es el llamado informe presidencial. Así, los informes de los secretarios, como instrumento de control político, sencillamente no existen. Además, las relativamente recientes reformas tendientes a mejorar el control político se han mediatizado. Como ejemplo podemos ver que la facultad de las cámaras para requerir información o documentación a los titulares de las dependencias y entidades del gobierno federal, mediante pregunta por escrito, se ha circunscrito a los informes presidenciales a pesar de que no fue instituida sólo para eso. Además de lo anterior, se ha negado sistemáticamente la reforma tendiente a realizar un debate congresual entre la oposición y el presidente de la República a partir de la presentación del informe de este último.

La Cámara de Diputados tiene entre sus funciones la de evaluar el desempeño del gasto público. No se trata de la fiscalización contable y funcional sino del aspecto propiamente político. Por ello, la Ley Orgánica prescribe que las comisiones de la Cámara de Diputados deben analizar la cuenta pública en el ramo respectivo y hacer llegar a la comisión de presupuesto las conclusiones sobre dicha evaluación. Se entiende que esta última debe aplicar el conocimiento sobre cada ramo administrativo a fin de modificar los proyectos del Ejecutivo y ponerlos en consonancia con la realidad percibida por los diputados en las comisiones. A esto se le podría llamar control político trascendente del gasto público, lo cual está en ley pero no en la realidad. Esta es una parte del atraso mexicano en el análisis de la cuenta y del procesamiento del proyecto de presupuesto anual. En este mismo sentido, podría decirse que el método de ajuste presupuestal anual en la Cámara se ha agotado. Éste consiste en elaborar pliegos de modificaciones sectoriales, regionales y hasta gremiales para añadir gastos en ciertos programas –muy pocas veces para crear nuevos—con el propósito de atender exigencias clientelares. Los recursos asignados provienen de los ajustes introducidos en la ley de ingresos respecto de la iniciativa del Ejecutivo. No hay, por tanto, discusión sobre la política de gasto público, no hay prioridades, no hay, en síntesis, política en general sino sólo requerimientos concretos. Asimismo, el único intento de revertir en la Ley de Ingresos la autorización anual al Ejecutivo para modificar discrecionalmente los aranceles, emprendido por el Senado, fue rechazado por la Cámara y, en conclusión, quedó igual que siempre.

La facultad del Senado de discutir la política exterior se toma al pie de la letra, es decir, sólo debatir aspectos, pero jamás incidir en las orientaciones. No se trata de una imprecisión del texto constitucional pues cuando se dice que es facultad de un órgano legislativo discutir algo es porque le corresponde tomar alguna decisión aunque no sea vinculante. Así se habla en la Constitución de la discusión de los proyectos, es decir, del acto previo e indispensable de la toma de una resolución a través del voto emitido por los integrantes. La política exterior de un país no se define sólo a través de la aprobación de los tratados y la ratificación de los embajadores, lo que realiza el Senado, sino de las orientaciones generales de conformidad con los principios normativos señalados directamente por la Constitución, lo cual no hacen en absoluto los senadores.

A manera de conclusión podría decirse que el Congreso mexicano requiere una reforma política para dotarlo de los mecanismos estructurales que le permitan realizar las funciones de control político inherentes a todo órgano legislativo.

PGA/14/07/2014.