Virtual recesión

No es nada halagüeño para un gobierno nuevo concluir su primer semestre de gestión con una recesión industrial claramente declarada y con una perspectiva recesiva en el conjunto de la economía. Es decir, tenemos una virtual disminución del producto interno respecto al existente el primer día de diciembre del año pasado.

Una causa del fenómeno tiene que ver con la torpe forma de ejercer el gasto público, pero existen otras. Por lo pronto ninguna autoridad está dispuesta a hacer algo para detener la caída, la cual se considera como algo estacional.

La economía mexicana tiene una enfermedad. Su capacidad de expansión depende de unos pocos factores, los cuales le afectan fuertemente al menor cambio. Esto quiere decir que los pobres resultados de los años anteriores no forman parte de un ciclo expansivo, sino que se encuentran dentro del estancamiento económico crónico.

La economía estadunidense puede retomar el crecimiento y contribuir a aminorar la profundidad de ese estancamiento estructural de México, pero no será así como se logre un impulso hacia la expansión. El factor que puede dar la vuelta y llevar a México hacia un crecimiento cada vez mayor es el gasto público productivo. En este momento no hay ningún sector de la economía que pueda detener el estancamiento estructural ni la virtual recesión en la que nos encontramos, más que un amplio programa de inversiones.

Es verdad que el gobierno federal no tiene muchos proyectos acabados para realizar, desde luego, grandes inversiones, pero el conjunto de las entidades federativas sí los tienen. Lo que ocurre es que no existe un soporte financiero para llevarlas a cabo. Éste es el que habría que brindar en el corto plazo.

Sería indispensable que el próximo año se produjera un golpe de timón en materia fiscal y se recuperara ingreso público sacrificado en el altar de las concesiones a los grupos monopolistas y oligárquicos del país. Pero eso no bastaría para financiar un mayúsculo programa de inversiones productivas. Sería necesario un programa de financiamiento del gasto que potenciara los rescates fiscales mediante empréstitos con propósitos productivos y certeza de retorno de mediano y largo plazo. Eso es justamente lo que los temerosos economistas del gobierno no quieren por falta de capacidad de organización de un enorme programa de inversiones y de una gestión política que ponga en línea todos los gobiernos locales. Pero sobre todo por falta de convencimiento del papel de la inversión pública en el impulso del crecimiento sostenido de la economía nacional: son privatistas y adoradores del llamado libre mercado.

El actual debate sobre energía es un ejemplo que ilustra lo anterior. El gobierno considera que carece de capacidad para elaborar y conducir nuevos y grandes planes de crecimiento de la industria petrolera, por lo cual necesita a las trasnacionales. El costo de invitar a tales empresas extranjeras es sencillamente inaceptable porque es un pésimo negocio que le costaría al país una parte de sus hidrocarburos sin que tal entrega sea necesaria en absoluto. Pero el punto es que el gobierno reconoce que es inepto, que carece de capacidad de conducir un impulso nuevo de la exploración y la producción, es decir, que no puede hacer más de lo que ahora está haciendo en materia de hidrocarburos, así como de otras actividades productivas.

México tiene un enorme potencial de crecimiento, pero éste no podrá expresarse sin una política de impulso a la producción acompañada de reformas en el patrón de distribución del ingreso, el cual también es un freno estructural de la expansión económica.