La verdad y los silencios de Lozoya

El director de Pemex ha dicho una verdad y ha callado muchas otras. En su comparecencia ante empresarios hace un par de semanas, Emilio Lozoya habló muy claro, tanto que avanzó en un sentido distinto a la propaganda gubernamental. El estratega de inversiones privadas dijo que la reforma que propone Peña Nieto busca la participación de las trasnacionales petroleras en cantidad y rapidez inusitadas bajo contratos de utilidades compartidas.

Sí, ésa es la verdad. El gobierno mexicano considera que no es capaz de hacer lo que hacen los grandes conglomerados privados de la energía. No opinan así otros muchos gobiernos que han demostrado que las compañías nacionales pueden crecer más rápidamente que las trasnacionales y de hecho así es. Se pone el ejemplo de la brasileña Petrobras, pero ésa no ha requerido a las trasnacionales, sino que se ha apropiado de la tecnología necesaria y ha conseguido el financiamiento suficiente para mantener un alto ritmo de expansión en aguas profundas. Como ése hay muchos otros ejemplos de empresas nacionales.

Es incomprensible en el mundo la manera en que el gobierno de Peña pretende quitarse el problema de tener que expandir la industria nacional y desarrollar nuevos campos petroleros especialmente en el golfo de México. Pero el proyecto gubernamental sí puede ser entendido al tomar en cuenta la mentalidad predominante en la derecha política mexicana —PRI y PAN—, la cual tiene una idea de la globalización que va en retirada en casi todo el resto del mundo. Sí existe una clara diferencia entre hacer las cosas y llamar a extranjeros para que las hagan en exclusiva. Lo que Peña quiere es evadir el esfuerzo nacional, pero al costo de entregar una parte del valor de los hidrocarburos que son propiedad de la nación.

Lo que no dijo Lozoya es que las industrias de la energía son generadoras de tecnología propia o apropiada y que crean una fuerza de trabajo altamente calificada. Lo que tampoco dijo es que la capacidad productiva propia —incluyendo gas, gasolinas y electricidad— es la base de la seguridad energética de cualquier país y que ésta sigue siendo un concepto válido en el mundo.

Tampoco ha dicho Lozoya cómo es que un país con industria petrolera consolidada y con reservas de hidrocarburos no puede resolver sus problemas de energía sin el concurso oneroso de las trasnacionales. En el extremo absurdo, México no tiene suficiente producción de gas, pero una parte de la extracción que ya se lleva a cabo es quemada en la atmósfera sin que el señor Lozoya haya presentado algún plan para superar esa lastimosa situación.

Otra cosa que no dijo el señor Lozoya es que las empresas de energía se financian en los mercados internacionales, no tienen dinero debajo del colchón, mientras un Estado puede obtener financiamiento en condiciones aún mejores que las trasnacionales para dar sustento a sus propias inversiones.

En su discurso el señor Lozoya se hubiera tomado la molestia de explicar en cuánto y cuándo bajarían el precio del gas y las tarifas eléctricas con la aplicación del proyecto de Peña, pero no lo hizo porque sencillamente no tiene la menor idea.