Archivo por meses: Enero 2017

Cobro del botín

Si no quieres pagar ni vengas a Washington, en pocas palabras fue lo que le dijo Donald Trump a Enrique Peña Nieto temprano de mañana el jueves 26 de enero, a través de un twitt, luego de lo cual el presidente de México envió a la Casa Blanca un mensaje formal, anunciado en otro twitt, cancelando la entrevista que había sido fijada para el próximo 31 de enero. No es mentira que Trump sea un patán, además de otras muchas cosas.

Según Trump, a partir del inicio de las obras tendientes a completar el muro fronterizo sur de Estados Unidos, México se convierte en deudor de los gastos, es decir, se trata de un empréstito forzado para cubrir el costo de la obra o del reclamo de una indemnización por algún daño o perjuicio. Aquí no hay ley alguna.

En su twitt, Trump escribió una primera frase en la que afirma que EU tiene un déficit comercial con México de 60 mil millones de dólares, que el TLC ha sido unilateral desde el principio y habla de “empleos y compañías perdidos”. A partir de estas ideas añade que si México no admite pagar sería mejor cancelar la reunión. Es evidentemente una respuesta al mensaje de Peña de la noche anterior la cual había sido, a su vez, una respuesta a la firma de la orden ejecutiva de construir el muro.

Así, por vez primera, Trump se refiere a lo que eventualmente sería la base de la indemnización reclamada: el déficit estadunidense con México. El nuevo presidente podría estar pensando que los 15 mil millones requeridos para apuntalar y terminar de construir el muro ya existente no son gran cosa comparados con el déficit comercial.

Trump sabe de sobra, sin embargo, que ese superávit comercial mexicano no es propiedad pública y gran parte se compone de las ganancias de compañías estadunidenses que aprovechan las ventajas competitivas de operar en México.

El vocero de la Casa Blanca ha dicho ya que el muro se pagará con un arancel de 20% sobre las importaciones procedentes de México. Eso sería mucho más dinero, en un solo año,  que el costo del muro, pero tampoco lo podría hacer legalmente Estados Unidos pues ambos países, aún sin TLC, seguirían siendo miembros de la Organización Mundial de Comercio bajo la norma de que los aranceles son iguales para todos. Sin embargo,  por lo pronto, los líderes republicanos en el Congreso ya dijeron que aprobarán el gasto con base en la “Ley barda segura” de 2006, aún vigente, que fue aprobada por congresistas de ambos partidos, entre ellos Barak Obama y Hillary Clinton.

En las guerras, los estados vencedores solían fijar y cobrar gastos de guerra a los vencidos. Pero aquí no se ha producido conflicto armado alguno. Al respecto, podría recordarse que la línea fronteriza actual entre los dos países fue trazada por Estados Unidos después de una guerra de expansión territorial. Es decir, la border es suya en todos sentidos. Es irónico exigirle ahora a México que pague el costo de la muralla de separación con el territorio que le fue expoliado.

El planteamiento de Trump es falso porque el muro en sí mismo no afectaría el comercio entre los dos países. El muro es absolutamente independiente del déficit comercial estadunidense, tanto del actual como del que llegue a tener en el futuro. No obstante, si México fuera unilateralmente “expulsado” de la OMC por parte de Estados Unidos y este país le impusiera la tarifa arancelaria del 20% ya anunciado por un tal Spicer en nombre de Trump, entonces no se resolvería ni lo del muro ni lo del TLC sino que se iniciaría una subversión del comercio mundial, una guerra arancelaria que sería la más estúpida (por sus motivaciones, en este caso el muro) de cuantas ha conocido el capitalismo.

Tampoco serviría el muro para detener el tráfico de drogas hacia el norte como ya se ha visto.

Las armas procedentes del norte pasan por los puestos fronterizos mientras que los terroristas procedentes del extranjero ingresan de cualquier manera.

Finalmente, Trump dice que el muro protegería a México de los emigrantes centroamericanos, pero esos no quieren venir sino ir a Estados Unidos, es decir, según Trump, dejarían de llegar millones de personas procedentes de Centroamérica. Ya se sabe que la emigración de mexicanos sin visa ha ido en descenso y que el número de deportaciones ha ido en aumento: Obama deportó más de dos millones de mexicanos en mandato y el año pasado fueron más de 200 mil. Mas también se sabe que los turistas mexicanos gastan en Estados Unidos 20 mil millones de dólares cada año, casi lo mismo que el monto de las remesas de trabajadores mexicanos.

El muro es una estupidez si se le analiza desde el lado de lo que afirman sus autores, los de antes y los de ahora. Pero no lo es desde el ángulo de la xenofobia. En realidad, quieren convertir la línea divisoria en una muralla que señale con absoluta claridad que detrás de ella hay una autoridad que odia recibir a cierto tipo de personas. Los mexicanos y los centroamericanos están entre los más indeseables para gente como Trump, según hemos podido advertir. Esto no es nuevo pero no se había expresado tan claramente desde la Casa Blanca.

Así que el “derecho de cobro” es producto de la xenofobia aunque se exprese ridículamente en un lenguaje comercial de parte de un comerciante que da órdenes ejecutivas. Con el cobro, se le dice a México: tú eres el culpable del repudiable asedio sobre mi frontera por lo cual tú mismo pagarás el costo de la muralla.

Mas Trump quiere hacer también unos muros internos: ha ordenado que la autoridad federal organice a los vecinos de ciertos barrios para denunciar a los indocumentados y poder arrestarlos en sus viviendas. Ha penalizado a las ciudades y pueblos “santuarios” cuyas autoridades no entregan a los indocumentados a la Migra, la cual será también fortalecida en la frontera y tendrá capacidad para albergar a muchos más que los 40 mil detenidos que ahora retiene simultáneamente en vía de deportación.

Mientras, estamos esperando que Mr. Trump firme otro papel para dar inicio al procedimiento de denuncia del “unilateral” (one-sided) TLC (NAFTA) que abarcaría seis meses de negociaciones, reales o supuestas, según el clausulado vigente.

Trump también es neoliberal

El nuevo presidente de Estados Unidos postula el mismo molde neoliberal ya conocido: mucho mercado, poco Estado. Lo que adereza Donald Trump es una lista de remedios y remiendos a las concesiones que se les han dado a los tibios defensores del Estado social y a algunas cláusulas del comercio libre que han afectado por temporadas tanto al mercado de trabajo industrial como a la masa de ganancia que paga impuestos en Estados Unidos. Por otro lado (eso sería un análisis aparte), Trump también es portavoz de críticas y censuras a la política exterior de Obama.

El golpe principal que Trump quiere dar consiste en bajar los impuestos a los ingresos medios y altos, aunque el esquema fiscal actual fue producto de una negociación de Obama con los republicanos, severamente criticada por Bernie Sanders en el Senado el 10 de diciembre de 2010, mediante una célebre intervención que duró 8 horas continuas.

Se supone que el planteamiento fiscal de Trump generaría una mayor inversión y, con ello, empleo y crecimiento. Lo que no admite el pequeño grupo de neoliberales reaccionarios del entorno del nuevo presidente es que eso provocaría aumento de la inflación, elevación del rédito y mayor déficit fiscal. En realidad, a diferencia de los países pobres, EU no tendría porqué crecer a tasas mayores sino mantenerse entre el 2 y el 3% al año, lo que sería razonablemente sano.

Veamos porqué. Estados Unidos está muy cerca de lo que se considera como pleno empleo. La masa de desocupados no podría reducirse mucho porque ya está compuesta en su mayor parte de personas que trabajan una parte del año o que no pueden o no quieren trabajar por muchos motivos; es una sobrepoblación flotante.

Si Trump consiguiera, como se espera, el apoyo de todo el Partido Republicano para llevar a cabo un gran sacrificio fiscal a costa, naturalmente, del gasto social, los recursos retenidos por los causantes no se trasladarían a la inversión productiva sino que terminarían sobrando, lo cual presionaría los precios a la alza.

Para dar consistencia a su lista de remiendos, Trump presiona para que las grandes compañías manufactureras, tanto estadunidenses como de otros países, que producen en parte para el gran mercado de Estados Unidos, mantengan un alto porcentaje de inversión dentro del territorio de dicho mercado doméstico. Trump dice que eso es para defender el empleo industrial que se ha ido pero, como hemos dicho, eso no es tan cierto en tanto que en este momento el país se acerca al pleno empleo agarrado de la gran palanca de los servicios (sector terciario).

Para Trump, el TLC (NAFTA) fue un gran error porque Estados Unidos perdió empleos en tanto que numerosas industrias se establecieron en México y varias compañías manufactureras de otros países se instalaron al sur para vender su producción en el norte a través de una “frontera desordenada”. Eso tampoco es tan cierto porque la mayoría de “empleos perdidos” están en Oriente, en países con los cuales EU no ha tenido tratado arancelario.

Hay algunos neoliberales de ambos países que están de acuerdo con Trump cuando éste afirma que, en la negociación del TLC, los funcionarios mexicanos fueron muy listos y los estadunidenses muy tontos.Pero no se toma en cuenta la desindustrialización que sufrió México, la sustitución de producción interna por exportaciones, la renuncia al desarrollo de tecnología propia, así como varios desastres en el campo mexicano. Es verdad que la balanza comercial de México con Estados Unidos cambió de sentido, el déficit es ahora del vecino del norte, pero eso no significa un fortalecimiento del mercado interno mexicano ni un desarrollo industrial firmemente anclado en el país: no es la historia de Japón. México es “potencia” manufacturera principalmente como maquilador y ni siquiera ha logrado los progresos de otros países como los “emergentes” de Oriente: casi no hay nueva tecnología propia, como tampoco marcas mexicanas de máquinas ni de software. El verdadero dilema para México no era firmar o no un tratado con Estados Unidos y Canadá sino qué clase de acuerdo debía ser. Es evidente que no fue el mejor posible porque el gobierno mexicano (Salinas) había impuesto antes la apertura comercial unilateral para tratar de controlar la inflación: no tenía ya mucho que negociar.

Trump no está de acuerdo con el TLC porque él representa a los industriales estadunidenses que salieron perdiendo, a los fabricantes de “equipos de aire acondicionado”, por repetir sus propias palabras. Sin embargo, presiona más por ahora a la industria automotriz porque ésta es más vulnerable y tiene empresas muy grandes. La amenaza propiamente arancelaria suena sin embargo irrisoria pues no existe en Estados Unidos alguna tasa de 35% para miembros de la Organización Mundial de Comercio, por lo que un nuevo impuesto de este tipo tendría que ser aplicado por EU prácticamente a todo el mundo. BMW, por ejemplo, podría exportar sus autos “mexicanos” de la misma forma que lo hace con los que envía desde Alemania y de igual manera reduciría costos. Lo que quiere Trump es obligar a México a renegociar el TLC, cambiar las reglas de origen y dar capacidad para introducir excepciones, así como revisar convenios sobre la no-doble tributación,  entre otros aspectos. Eso sería un esquema defensivo para Estados Unidos con el cual la economía más pequeña haría las concesiones más grandes: la misma historia.

El neoliberalismo no es la plataforma de la economía globalizada sino que asume a ésta como una gran obra del capital financiero internacional al cual expresa doctrinariamente. Los neoliberales pueden volver a los aranceles en determinado momento, tal como los han mantenido con muchas otras economías. Una mayoría británica despreció a Europa y logró el Brexit pero no ha denunciado al neoliberalismo. Si EU no se pone de acuerdo con la Unión Europea para un tratado es porque no han resuelto sus diferencias, como es obvio, y no porque se quiera obstruir el comercio en general. Hoy tenemos a unos neoliberales que critican la globalización en aspectos que les parecen menos ventajosos: son nacionalistas pero no han dejado ser imperialistas.

¿Hasta dónde irá Trump? Él no cuenta con un grupo político bien integrado y organizado. Llegará hasta donde lo dejen Wall Street y la cúpula política del Partido Republicano.

Canallada política

Lo que se acordó en Los Pinos no ha tenido ninguna importancia, pues la disminución del 10% a los sueldos de mandos superiores de la administración pública ya había sido anunciada en otro contexto. La imagen del CCE, la CTM y la CNC es un retro de una foto de familia de viejos tiempos. Nada más.

Lo que está empezando a suceder es la venta del kilogramo de tortillas a 15 pesos y una cascada de aumentos en alimentos que es imposible controlar por parte del gobierno, el cual afirma sin embargo que la subida de precios tendría que ser de uno por ciento en correspondencia al gasolinazo. Nadie aumenta precios sólo en ese porcentaje, pero, además, la causa es el acumulado del encarecimiento de los energéticos y, principalmente, del proceso devaluatorio que ya lleva 70% desde el inicio de la presente administración. No tendría el menor sentido hablar de quitar el subsidio (nunca demostrado con cuentas concretas) a las gasolinas para subsidiar directamente el transporte de personas y mercancías. El incremento del precio del combustible no puede dejar de repercutir en el esquema general de costos porque ya se hizo súbito y es mayor. El gobierno afirma que más de la mitad de la gasolina es consumida por el 10 por ciento de la población pero no es así con el diésel. Casi todo lo que se produce requiere ser llevado a otro lugar.

Se ha criticado al gobierno de Peña por no haber anunciado y explicado el gasolinazo con anticipación. Ese no fue su problema. Al contrario, tal conducta le permitió sorprender. Lo que le resulta contraproducente al gobierno es que sus argumentos son falsos. Cuando el crudo en el mundo pasó de 100 a 40 dólares por barril, la gasolina y el diésel en México no bajaron de precio. El combustible mexicano no se ha vendido por debajo de su costo de producción ni de su precio de adquisición mayorista en el extranjero, por tanto, el llamado subsidio es lo que deja de cobrar el gobierno de IEPS debido al carácter importado de la mayor parte de las gasolinas. El problema de fondo es la negativa, durante 30 años, de invertir en nuevas y modernas refinerías prefiriendo pagar impuestos en Estados Unidos antes que en México. Es un problema del modelo neoliberal que busca replegar al Estado y promover el llamado libre comercio, pero, en los hechos, se ha arrugado al país y se ha agotado el mercado interno. Además, no existe seguridad energética, la cual, entre tanto, Obama la restableció en Estados Unidos.

Lo que el gobierno de Peña está haciendo es aumentar ingresos públicos por la vía de ciertos precios, lo cual es una canallada política en cualquier parte del mundo. El dinero adicional procedente de las gasolinas será usado para dar cobertura al buscado superávit primario, es decir, cubrir con suficiencia relativa el costo financiero de la deuda, la cual se ha tornado excesiva pero por decisión del mismo gobierno quien la elevó demasiado no obstante el bajo crecimiento de la economía, que ha sido, a su vez, el mayor fracaso de la presente administración. Para el presente año, todo será peor: el PIB no llegará ni al uno por ciento de aumento. El país se encuentra ya virtualmente en recesión; todos lo sabemos excepto el gobierno que no quiere saberlo.

Peña-Meade-Videgaray buscan ahora estabilizar la deuda haciendo otra vez la peor cosa en el peor momento. El gobierno anticipa la búsqueda de dinero donde no lo hay, es decir, en el consumo interno de la mayoría, los bienes-salario, los cuales terminarán también aumentando de precio. La repercusión directa del encarecimiento de las gasolinas tendrá de seguro un costo mayor a los 200 mil millones de los que habla Peña en referencia al inexistente subsidio efectivo del combustible, pero ése lo pagarán principalmente quienes menos tienen, los consumidores de la mayor parte de los alimentos que se producen en el país y los usuarios del transporte público de automotores.

Es infamante decir que sin el gasolinazo habría que cerrar escuelas públicas (Nuño) o dejar de cubrir las pensiones y jubilaciones (Arriola). ¿Puede un gobierno cualquiera hacer eso? ¿De qué hablan los gobernantes mexicanos? Quien hace canalladas suele explicarlas con bajeza.

Del desmadre al enredo

El gobierno de Peña Nieto es un desmadre pero ahora se ha enredado, como era de esperarse. Ningún gobierno hubiera querido “liberar” el mercado de las gasolinas, dijo el Presidente, pero el mío lo tuvo que hacer, agregó, de tal forma que ese gobierno en realidad no lo es. El motivo es mantener la estabilidad económica del país, pero eso es justamente lo que está empeorando con la especulación del combustible. El principal elemento de la estabilidad son los precios, otros factores pueden tener importancia pero no tanta.

Peña Nieto no mencionó en su enredo discursivo que el impuesto IEPS no se paga en el extranjero sino sólo dentro del pais, pues no es un gravamen a la importación sino a la producción. Por eso se dice que existe un IEPS negativo, pero así será siempre que no haya suficiente gasolina producida dentro del país. A pesar de que el combustible no está comprendido en el TLC (NAFTA), su importación no ha estado gravada. Son otros impuestos los que operan en el mercado de la gasolina de importación, los cuales pueden armonizarse para lograr la estabilidad y sobre todo un precio congruente con la economía.

Pero el gobierno no sólo se niega a aceptar que la mejor forma de estabilizar fiscalmente a las gasolinas es produciéndolas en México, sino que también regula mal ya que los incrementos de precios fueron friamente calculados por las autoridades. Peña-Videgaray-Meade están en la necedad de que los importadores sean varios y se “supere” de tal manera el monopolio comercial de Pemex. Lo que en realidad se busca –lo hemos dicho desde hace tiempo– es acabar con esa empresa pública aunque tenga que ser poco a poco, para lo cual puede ser que les falte vida política a los privatizadores de la industria y los yacimientos. Ya se verá pronto.

El grupo que ostenta los cargos de gobierno hace las peores cosas en el peor momento. Esa debería ser una nueva definición de la palabra desmadre dentro del diccionario mexicano.

Justo cuando se firman concesiones a empresas extranjeras para explotar yacimientos de hidrocarburos le imponen al país un sobreprecio a las gasolinas, aunque éstas no tienen porqué ser más costosas en México que en Texas, lo cual es parte del enredo de Peña Nieto pues él no ha sido capaz de explicar cómo es que tal cosa puede ser posible.

Peña no ha podido decir en pocas ni en muchas palabras (en realidad no explicó nada) de qué manera se salvará el país pagando más por las gasolinas. Sólo dijo que el principal autor del gazolinazo, Luis Videgaray, será ahora secretario de Relaciones Exteriores, pero sin decir que esto se debe a su proximidad con parte del entorno político de Donald Trump, lo cual convierte la designación en algo dirigido a satisfacer a un gobierno extranjero.

Para desenredar la situación se requiere que el pueblo (concepto sociológico en desuso) le haga entender a Peña Nieto que no puede seguir haciendo lo que él no quiere hacer pero que ya hizo, es decir, elevar el precio de las gasolinas, menos aún cuando el incremento empezó hace 10 años y ya lllevamos 150%. Pues bien, como se ha colmado la paciencia de la gente, el gobierno debería detener el proceso de incorporación de las nuevas empresas o cambiar las reglas bajo las cuales han sido convocadas a concurrir en un mercado que empieza en el mayor desorden posible, es decir, con el aumento grosero de los precios.

Ya se han convocado manifestaciones populares. Lo que la situación requiere es que éstas se conviertan en algo permanente, es decir, en un movimiento con acciones pacíficas diarias, grandes y pequeñas, por todas partes. Un gran movimiento podría ubicar al gobierno en la circunstancia de detener su ofensiva de precios o irse. Estas cosas así se resuelven o no se resuelven. Esperemos que todo vaya bien y que si no cede el gobierno se establezca uno nuevo que sí sepa ceder. Sería lo mejor para México.