Archivo por meses: Agosto 2014

Consulta, consulta y consulta

Parece que a partir de la lucha por la consulta sobre las industrias de la energía y los yacimientos de hidrocarburos, otros dos partidos –el PRI y el PAN—también quieren que se consulte a la ciudadanía. Es interesante advertir y dar seguimiento a las reacciones ante la puesta en marcha de un proceso democrático, en este caso impulsado por el PRD.

El PRI ha rechazado la consulta sobre energía con el argumento de que el voto popular no es idóneo para echar abajo una reforma de la Constitución, pero propone otra consulta para derogar preceptos de la misma Constitución (artículos 52, 54 y 56) y eliminar 32 senadores de representación proporcional y 100 diputados plurinominales con el fin de “ahorrar” dinero. Habría que agradecer al PRI que al fin admita que la Constitución sí puede ser votada por la ciudadanía, la cual es el soberano según la doctrina que expone la propia Carta Magna. Pero también habría que agradecerle que reconozca que los gastos del Congreso son demasiado altos y deben bajar, lo cual, por cierto, se podría hacer ahora mismo con la sola aceptación de parte del redivivo partidazo.

El gobierno cree que esa consulta la ganaría fácilmente y es posible que así fuera, pero eso no quiere decir que un método de representación menos proporcional sea más democrático. Los sistemas de mayoría relativa por distritos (Estados Unidos y Gran Bretaña entre los más conocidos) son notoriamente antidemocráticos en la forma de integrar sus parlamentos. Con ese método, los electores que se representan son únicamente quienes votan por el candidato elegido en una demarcación territorial. Quienes sufragan a favor de los otros candidatos no se encuentran representados; es como si no existieran, pero podrían ser la mayoría. En varios países están representados en los parlamentos la mitad o menos de los votantes: son democracias diseñadas para las minorías. Los sistemas de representación proporcional (aún los mixtos como en México y Alemania) se han construido para que la inmensa mayoría de los votantes esté representada.

Ahora bien, si se eliminan 100 diputados y 32 senadores, lo que se logrará es una mayor sobrerrepresentación en las cámaras y, con ello, el partido con más votos podrá tener más fácilmente la mayoría absoluta en el Congreso sin representar más de la mitad de los votos reales. Eso es lo que busca el PRI pensando en ser el partido más votado con menos del 40 por ciento en 2015. El gobierno de Peña quiere consolidar una democracia de minoría, donde el término democracia debería estar entre comillas.

En cuanto al PAN, ése sí que no se midió. Consultar sobre el salario mínimo es garantía de triunfo arrollador. Todos, excepto algunos muy necios, votarán a favor de un aumento pero con ese mandato no se arreglaría nada porque, si bien el salario mínimo sería mayor en 2016, no se propone ningún parámetro cuantitativo de referencia para convertirlo para siempre en un mínimo de verdad. La Constitución ya dice que debe ser “suficiente para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural”. Este es, como otros, un texto muerto que no fue rescatado por los dos sucesivos gobiernos panistas (12 años) bajo los cuales el salario mínimo disminuyó.

Sea como sea, bienvenidas las consultas, la participación directa de la ciudadanía en decisiones, el ejercicio de poder popular, la discusión de temas relevantes, aunque sea dudoso que la televisión se vaya a abrir al debate. Según parece –si no se trata de un puro blof o de maniobras para rechazar en la Corte la consulta sobre energía–, podríamos tener en el año de 2015 tres consultas, de las cuales dos serían referendos (la energética y la del Congreso—y la otra (salario mínimo) sería un plebiscito.

Salario y productividad

Cuando los salarios son bajos por decreto del Estado lo que ocurre es que el trabajo se deteriora, se descalifica. Muchos capitalistas se encuentran felices de pagar salarios bajos pero la productividad de sus trabajadores suele ser también baja. La tasa de plusvalor en los sectores de bajos salarios es menor que en los sectores de mayores remuneraciones y, por tanto, la tasa de explotación es también menor. Pero nuestro pequeño o mediano capitalista no se da cuenta de esto porque su masa de ganancia la utiliza con frecuencia para ahorrar en otro lado y para gastarla en lugar de invertir bajo nuevas pautas técnicas. Estará muy feliz en tanto que los salarios pagados sean bajos y se mantenga su tasa histórica de ganancia. Tiene que surgir un poderoso movimiento sindical que le haga entender que los bajos salarios que paga no le ayudan a realizar mejor sus funciones de explotador del trabajo ajeno mientras las grandes ganancias se concentran y centralizan en pocas manos de tal manera que el proceso de acumulación de capital se dirige desde unas cuantas corporaciones. Lo malo es que ese movimiento sindical no ha surgido.

La renovada tesis dogmática de que para aumentar los salarios (sanamente, Carstens dixit) se requiere que antes se eleve la productividad del trabajo asalariado es como la pregunta sobre el huevo y la gallina, o sea, es no comprender nada. El esquema de salarios bajos se basa en el trabajo menos calificado, es decir, con menor capacidad productiva, con menos generación de plusvalor por unidad de capital invertido en salarios (tasa de plusvalor), con trabajadores menos explotados pero quizá más simpáticos porque aguantan todo aunque viven muy mal. Lo sensacional es que esta tesis es también asumida por algunos líderes de la UNT (sí, Unión Nacional de Trabajadores), además de la CTM y otras centrales charras.

Quienes defienden los salarios bajos en realidad defienden una tasa general de ganancia que no es compatible con una mayor productividad o, dicho en otros términos, la ganancia por unidad monetaria invertida se basa en el bajo salario mucho más que en un incremento de la capacidad productiva del trabajo social. Existe una especie de artificio que es el decreto de control salarial, el cual opera siempre en contra de los trabajadores cuando en realidad eso del salario mínimo por ley ha sido planteado históricamente para dar una garantía a los trabajadores y atenuar la competencia entre éstos, la cual tiene en parte su base en el desempleo. Hoy, en México, el salario mínimo se ha convertido en lo contrario de lo que es en muchos otros países pues, si no existiera, no podría haber otro menor. Pero también juega un papel de control salarial sobre las percepciones contractuales, es decir, sobre los salarios en general.

Durante décadas, los salarios mínimos y la mayoría de los otros salarios han crecido por debajo de la inflación (han decrecido en términos reales), muchos de ellos también por debajo del aumento en la productividad, pero entonces no se dijo que tal salariocidio era inconveniente para la economía. Hoy, se dice que primero debe aumentar la productividad y, después, si acaso, el salario. Se mantiene el mismo círculo vicioso típico de esa rastacuera burguesía y sus políticos, con el cual han condenado al país a la paralización y la pobreza.

Cualquier política de bajos salarios impide el crecimiento de la productividad del trabajo y la ampliación del mercado interno. Como en México la única política productiva se llama NAFTA, entonces al gobierno y a la patronal les importa un comino el salario miserable y el estancamiento de la demanda doméstica.

Salario y ganancia

Cada año se le recorta al salario mínimo una parte de su valor mediante un sencillo decreto emitido por un organismo del Estado que sirve para expresar el acuerdo entre el gobierno y la patronal. Como se paga el salario mínimo oficial a relativamente pocos trabajadores, se olvida pronto que tiene en sí mismo un impacto y que el mínimo en verdad general está entre dos y tres salarios legales de tal forma que al mantener a la baja el SMG se rebaja también el salario mínimo funcional. En palabras más sencillas, cada año bajan los salarios de los trabajadores en general. El verdadero debate se encuentra en eso.

Una de las fórmulas mexicanas para sostener la inversión ha sido el defender las tasas de ganancia de las empresas pequeñas y medianas. El bajo salario de los trabajadores ha sido un instrumento de ese objetivo de política económica. Se trata en efecto de un mecanismo consistente en la determinación legal del salario mínimo y el establecimiento del llamado tope salarial que tiende a igualar el incremento nominal anual.

La desproporción se encuentra ubicada en la tasa de ganancia, es decir la utilidad neta obtenida por cada peso de inversión en el año. La política salarial ha defendido una determinada tasa media de ganancia que se cree permite la rentabilidad de la generalidad de los negocios. Muchos trabajadores calificados prefieren el trabajo eventual e informal que el de fábrica justamente por el bajo salario, mientras que los trabajadores no calificados generan una competencia muy fuerte en el mercado laboral porque son demasiados y ganan muy poco. En conclusión, el sistema no funciona para promover el trabajo calificado, lo cual perjudica el nivel de productividad de la economía. Todo ello en aras de una solución aparentemente fácil pero falsa al problema de la tasa media de ganancia.

Esa política salarial es defendida a capa y espada por el gobierno y la patronal como si se tratara de una tabla de salvación del capitalismo. La necedad de nuestra burguesía es verdaderamente ineluctable. El salario debe corresponder a una tasa media de ganancia que no impida otras tasas mucho mayores en función de la productividad del trabajo. Lo que ocurre en México es que el reducido salario tiende a nivelar a las empresas en forma tal que las pequeñas tienen unas tasas de ganancia demasiado altas, más allá de lo que es natural en esta clase de negocios. Para obtener una ganancia suficiente que permita el funcionamiento de un changarro se necesita una tasa enorme pero en México ésta se define sólo por el bajo salario del trabajador, de tal manera que la pobreza sostiene a un capitalismo de muy baja productividad. En consecuencia, importa menos el tamaño del mercado interno que la tasa histórica de ganancia con lo cual se renuncia a la expansión.

Los partidarios de la actual política salarial siguen sosteniendo el viejísimo dogma (siglo XVIII) de que los precios de las mercancías se determinan o regulan por los salarios, con el cual lo único que hacen es condenar al capitalismo mexicano a su mediocridad al no entender que, por regla general, el trabajo mejor retribuido produce mercancías más baratas y el peor retribuido produce mercancías más caras, lo cual de ninguna forma explica que el trabajo mal pagado y el mejor remunerado determinen los diferenciales de precio de las respectivas mercancías y servicios, pero sí demuestra que el salario no es el factor determinante de los precios.

La solución estriba en una nueva política salarial que permita, en primer lugar, la recuperación del salario pues éste ha perdido demasiado en los últimos lustros. En segundo lugar, se deben impulsar remuneraciones más vinculadas a la capacidad productiva del trabajo industrial y a los requerimientos modernizadores de los servicios. Mas, para ser sinceros, eso no podría ser posible sin que la izquierda tome el poder político.

Guerra de los quesos

Durante la guerra fría, los bloqueos comerciales no pusieron las cosas al borde de la guerra. El más prolongado y aún vigente es el decretado por Estados Unidos contra Cuba, país que antes de su revolución hacía todo su comercio con los estadunidenses al punto de que en el GATT figuraba por vía de excepción la cuota azucarera.

Hoy, Estados Unidos está llevando a cabo una política de sanciones a Rusia como respuesta a la anexión de Crimea y el apoyo a los rusos de Ucrania. Pero la respuesta del Kremlin se ha ido por el camino de la escalada de represalias comerciales, las cuales podrían ser contrarias a las normas de la Organización Mundial de Comercio. Al respecto, Vladímir Putin, algo así como un presidente absoluto, se ha lanzado a la guerra de los quesos al firmar un decreto que prohíbe o limita la importación del lácteo así como de carne (vacas locas) y animales vivos (fiebre catarral) de países como Japón, Rumania, Grecia, Italia, Bulgaria y Noruega, después de haber dejado de comprar manzanas a Polonia y leche a Ucrania.

Una cuarta parte del gas que llega a Alemania desde Rusia atraviesa Ucrania y puede dejar de ser suministrada tan luego como las cosas lleguen a un punto que ya está previsto. Al parecer, Obama quiere ir midiendo las respuestas viscerales de Putin pero sin hacer la menor concesión respecto de la absorción total de Ucrania por parte de la Unión Europea y de la OTAN.

Mas no se trata de un regreso a la confrontación de los grandes bloques político-militares de la segunda posguerra, sino de algo más peligroso. Las guerras entre países siempre se han llevado a cabo como expresiones concretas de relaciones de dominio, es decir, de intereses directamente económicos. Hace 100 años se demostró que la llamada “Gran Guerra” era una disputa sobre Europa y otras regiones, por la cual cayeron 15 millones en las trincheras. La llamada “Segunda Guerra Mundial”, con más de 40 millones de víctimas mortales, también enfrentó a unos capitalistas con otros, con todo y la estupidez de Hitler de unir a occidente con la URSS, la cual fue producto de un triunfalismo muy propio de aquella Alemania. Ya no se quiere recordar al militarismo japonés pero era un instrumento de otro imperialismo en Oriente. Dígase de una forma o de otra, con análisis claro u oscuro, con discurso o sin oratoria, con flores o sin ellas, las luchas entre los poderes económico-políticos han llevado a la guerra. Conste que sólo nos hemos referido a dos grandes monstruosidades del siglo XX, pero se han producido muchas más.

Ahora bien, el conflicto con Rusia no parece ser tan grave pues por lo pronto sólo estriba en Ucrania, pero puede crecer. Con otras palabras, la cuestión puede radicar en los quesos pero bajo la posesión de armas nucleares. Rusia tiene bombas y misiles para transportarlas, las cuales –¿ya lo hemos olvidado?—poseen capacidad para sumir al planeta en un invierno durante miles de años.

Hace ya un tiempo (1983), Deng Xiaoping me respondió al respecto que nadie se iba a atrever a desatar una guerra nuclear. Naturalmente yo no podía demostrar lo contrario, pero le dije que algo parecido se había dicho antes de cada gran guerra internacional por lo que no existía garantía de sensatez humana. Deng ha tenido razón. En realidad las fuerzas militares disuasivas son tales en tanto que no se puede saber quienes podrían resultar victoriosos del uso del armamento, pero si las cosas dejan de ser así y todos los poderosos llegan a pensar que la sola amenaza atómica puede ser suficiente para ganar sin llevar a cabo la guerra, entonces se hará posible que la humanidad sucumba bajo el arma nuclear.

Una guerra de los quesos podría ser posible debido a que la Rusia capitalista no puede actuar como potencia sin serlo. O, en otros términos, Rusia no puede hacer valer su poderío bajo reglas actuales del capitalismo occidental. Pero puede hacer la guerra. Eso sí.