Archivo de la categoría: extranjero

Trump también es neoliberal

El nuevo presidente de Estados Unidos postula el mismo molde neoliberal ya conocido: mucho mercado, poco Estado. Lo que adereza Donald Trump es una lista de remedios y remiendos a las concesiones que se les han dado a los tibios defensores del Estado social y a algunas cláusulas del comercio libre que han afectado por temporadas tanto al mercado de trabajo industrial como a la masa de ganancia que paga impuestos en Estados Unidos. Por otro lado (eso sería un análisis aparte), Trump también es portavoz de críticas y censuras a la política exterior de Obama.

El golpe principal que Trump quiere dar consiste en bajar los impuestos a los ingresos medios y altos, aunque el esquema fiscal actual fue producto de una negociación de Obama con los republicanos, severamente criticada por Bernie Sanders en el Senado el 10 de diciembre de 2010, mediante una célebre intervención que duró 8 horas continuas.

Se supone que el planteamiento fiscal de Trump generaría una mayor inversión y, con ello, empleo y crecimiento. Lo que no admite el pequeño grupo de neoliberales reaccionarios del entorno del nuevo presidente es que eso provocaría aumento de la inflación, elevación del rédito y mayor déficit fiscal. En realidad, a diferencia de los países pobres, EU no tendría porqué crecer a tasas mayores sino mantenerse entre el 2 y el 3% al año, lo que sería razonablemente sano.

Veamos porqué. Estados Unidos está muy cerca de lo que se considera como pleno empleo. La masa de desocupados no podría reducirse mucho porque ya está compuesta en su mayor parte de personas que trabajan una parte del año o que no pueden o no quieren trabajar por muchos motivos; es una sobrepoblación flotante.

Si Trump consiguiera, como se espera, el apoyo de todo el Partido Republicano para llevar a cabo un gran sacrificio fiscal a costa, naturalmente, del gasto social, los recursos retenidos por los causantes no se trasladarían a la inversión productiva sino que terminarían sobrando, lo cual presionaría los precios a la alza.

Para dar consistencia a su lista de remiendos, Trump presiona para que las grandes compañías manufactureras, tanto estadunidenses como de otros países, que producen en parte para el gran mercado de Estados Unidos, mantengan un alto porcentaje de inversión dentro del territorio de dicho mercado doméstico. Trump dice que eso es para defender el empleo industrial que se ha ido pero, como hemos dicho, eso no es tan cierto en tanto que en este momento el país se acerca al pleno empleo agarrado de la gran palanca de los servicios (sector terciario).

Para Trump, el TLC (NAFTA) fue un gran error porque Estados Unidos perdió empleos en tanto que numerosas industrias se establecieron en México y varias compañías manufactureras de otros países se instalaron al sur para vender su producción en el norte a través de una «frontera desordenada». Eso tampoco es tan cierto porque la mayoría de «empleos perdidos» están en Oriente, en países con los cuales EU no ha tenido tratado arancelario.

Hay algunos neoliberales de ambos países que están de acuerdo con Trump cuando éste afirma que, en la negociación del TLC, los funcionarios mexicanos fueron muy listos y los estadunidenses muy tontos.Pero no se toma en cuenta la desindustrialización que sufrió México, la sustitución de producción interna por exportaciones, la renuncia al desarrollo de tecnología propia, así como varios desastres en el campo mexicano. Es verdad que la balanza comercial de México con Estados Unidos cambió de sentido, el déficit es ahora del vecino del norte, pero eso no significa un fortalecimiento del mercado interno mexicano ni un desarrollo industrial firmemente anclado en el país: no es la historia de Japón. México es «potencia» manufacturera principalmente como maquilador y ni siquiera ha logrado los progresos de otros países como los «emergentes» de Oriente: casi no hay nueva tecnología propia, como tampoco marcas mexicanas de máquinas ni de software. El verdadero dilema para México no era firmar o no un tratado con Estados Unidos y Canadá sino qué clase de acuerdo debía ser. Es evidente que no fue el mejor posible porque el gobierno mexicano (Salinas) había impuesto antes la apertura comercial unilateral para tratar de controlar la inflación: no tenía ya mucho que negociar.

Trump no está de acuerdo con el TLC porque él representa a los industriales estadunidenses que salieron perdiendo, a los fabricantes de «equipos de aire acondicionado», por repetir sus propias palabras. Sin embargo, presiona más por ahora a la industria automotriz porque ésta es más vulnerable y tiene empresas muy grandes. La amenaza propiamente arancelaria suena sin embargo irrisoria pues no existe en Estados Unidos alguna tasa de 35% para miembros de la Organización Mundial de Comercio, por lo que un nuevo impuesto de este tipo tendría que ser aplicado por EU prácticamente a todo el mundo. BMW, por ejemplo, podría exportar sus autos «mexicanos» de la misma forma que lo hace con los que envía desde Alemania y de igual manera reduciría costos. Lo que quiere Trump es obligar a México a renegociar el TLC, cambiar las reglas de origen y dar capacidad para introducir excepciones, así como revisar convenios sobre la no-doble tributación,  entre otros aspectos. Eso sería un esquema defensivo para Estados Unidos con el cual la economía más pequeña haría las concesiones más grandes: la misma historia.

El neoliberalismo no es la plataforma de la economía globalizada sino que asume a ésta como una gran obra del capital financiero internacional al cual expresa doctrinariamente. Los neoliberales pueden volver a los aranceles en determinado momento, tal como los han mantenido con muchas otras economías. Una mayoría británica despreció a Europa y logró el Brexit pero no ha denunciado al neoliberalismo. Si EU no se pone de acuerdo con la Unión Europea para un tratado es porque no han resuelto sus diferencias, como es obvio, y no porque se quiera obstruir el comercio en general. Hoy tenemos a unos neoliberales que critican la globalización en aspectos que les parecen menos ventajosos: son nacionalistas pero no han dejado ser imperialistas.

¿Hasta dónde irá Trump? Él no cuenta con un grupo político bien integrado y organizado. Llegará hasta donde lo dejen Wall Street y la cúpula política del Partido Republicano.

País a la venta

La inversión extranjera directa no es despreciable de por sí. El problema es que el Estado, administrador por cuenta de la nación de los yacimientos de crudo y gas, decide traspasar parte de esa riqueza a empresas privadas. Los inversionistas van tras un 40 por ciento del valor del producto. Pero México podría ir por toda la ganancia y, además,  desarrollaría la ingeniería y la tecnología que tanto hace falta en un país atrasado.

Dos de las asignaciones en la zona marítima conocida como Perdido han sido otorgadas a consorcios en los cuales Pemex es socio minoritario. En una de las áreas ya se han hecho trabajos de exploración, la inversión es por tanto muy segura. Los nuevos socios mayoritarios de Pemex en esos proyectos serán la australiana BHP Billington, para el campo Trión (120 mil barriles diarios), y Chevron (EU)-Inpex (Japón).

Las otras trasnacionales beneficiadas con siete contratos adicionales, agrupadas todas ellas en diferentes consorcios, fueron: Statoil (Noruega); BP (Gran Bretaña); Total (Francia); ExxonMobil (EU); Offshore Oil Corporation (China); PC Carigali (Malasia). Ha sido un festín para esas empresas las cuales ampliarán sus operaciones hacia la zona sur del límite internacional marino del Golfo de México.

Todo lo que se pueda hacer con esos nueve contratos para aguas profundas pudo haber sido planeado hace diez años exclusivamente por Pemex de tal forma que ya estarían en actividad varios campos. Pero durante ese lapso el Estado mexicano, sus grupos políticos decisorios, se dedicaron a ponerse de acuerdo poco a poco hasta que al final definieron la forma exacta en que privatizarían los yacimientos de hidrocarburos. Mientras, siguieron dejando a Pemex sin recursos propios con el fin de que contratara empréstitos que en los hechos y en forma ilegal financiaran el gasto corriente del gobierno. La empresa petrolera estatal mexicana fue ahorcada también para justificar las actuales subastas petroleras a favor de trasnacionales. Sin embargo, al día siguiente de la asignación de nuevas áreas Pemex lanzó una oferta de deuda para obtener 4 mil millones de dólares pero contrató 5 mil 500 de una demanda de 30 mil. El petróleo sigue siendo negocio aunque el gobierno federal ya no lo quiera operar. Los inversionistas privados se arrebatan los papeles.

La política petrolera del gobierno es una de las formas de poner un país a la venta pues se trata de bienes nacionales no renovables (crudo y gas) cuyos precios son variables y constituyen además reservas de largo plazo. Aunque sea una enajenación parcial, ya que una parte del dinero se quedará como impuestos y otros ingresos, no se puede ocultar el carácter de venta de los yacimientos. Los contratos se firman con una duración que está determinada por la existencia productiva de los pozos y el número de éstos en cada depósito natural será el necesario para extraer todo el hidrocarburo posible. Es evidente que el yacimiento es lo que se está vendiendo con independencia de la forma de determinar el precio del mismo.

El problema no termina ahí. La concesión a las trasnacionales implica que México renuncia a un desarrollo de la ingeniería en general y de la tecnología petrolera. Un país atrasado debe usar sus riquezas naturales no sólo para el gasto social sino principalmente para construir las estructuras productivas permanentes a través de las cuales se forjen trabajadores más productivos y con mayores ingresos. Lo que México requiere no sólo es vender materias primas sino transformarlas y aprender a producir más y mejor. Esa no es la política del gobierno.

La subasta de yacimientos ha sido presentado como un respaldo del “mercado” a México como economía y como gobierno. Eso lo ha dicho el secretario Meade, pero no es más que propaganda. Las trasnacionales han venido a hacer negocios altamente redituables –eso es lo suyo– aprovechando el entreguismo del PRI y del PAN que fraguaron todo a espaldas al país. Como la Suprema Corte negó la consulta popular sobre la reforma energética, solicitada separadamente por el PRD y Morena, la nación fue ubicada en situación de indefensión, pero sólo por lo pronto, es decir, mientras no sean removidos del poder ambos partidos causantes del innecesario e inicuo remate de bienes de la nación.

Cuba, Fidel Castro, el mundo

Fidel Castro murió exactamente 60 años después de haber zarpado de Tuxpan rumbo a Cuba para intentar por segunda vez dirigir una revolución. Seremos libres o mártires, dijo varias veces.

La anhelada verdadera independencia nacional de Cuba era el objetivo principal de los rebeldes, la cual se logró pero en medio de un estado de guerra permanente. “Primero se hundirá esta isla en el mar antes de ser esclavos de nadie”, exclamó Fidel ante su pueblo y el mundo.

Con un solo decreto, Fidel Castro nacionalizó todas las empresas estadunidenses que operaban en la Isla como enérgica respuesta a los actos de sabotaje llevados a cabo por la CIA. Estados Unidos había empezado una guerra y Cuba no podía rendirse.

Después del fracaso del desembarco de Playa Girón, lo que se esperaba era una invasión norteamericana directa, la misma que había sido planeada para cuando los expedicionarios cubanos formaran un gobierno provisional en cualquier población remota de la Isla. Por ello se emplazaron en Cuba misiles nucleares soviéticos. Al final, para evitar un catastrófico conflicto mundial, las dos grandes potencias (Jrushchev y Kennedy) convinieron que no habría invasión estadunidense a cambio del retiro de los cohetes, pero no se cancelaron el bloqueo y el asedio. Así, hasta ahora.

En todos estos años en Cuba no ha habido libertad de asociación ni de prensa. Se trata de una muy sensible falta de derechos fundamentales. La posición de Fidel Castro y sus compañeros consistió en que Estados Unidos patrocinaría los medios de comunicación y los partidos políticos. ¿Era esto cierto? A juzgar por la forma en que el gobierno norteamericano agredía a Cuba, no tendría que haber duda de que unos cuantos millones de dólares de más hubieran valido la pena para comprar políticos y periodistas sacados de ser necesario hasta de abajo de las piedras. Como ridícula paradoja, la “libertad de prensa” ha llegado a Cuba mediante las frecuencias de Radio Martí que transmite desde Florida el mensaje de otro gobierno, el de Washington. El problema mayor fue sin embargo la falta de libertad de manifestación de ideas de quienes estaban con la revolución. La férrea disciplina revolucionaria eclipsó al pensamiento crítico. Esa es toda una historia.

Siempre que el gobierno de EU emprendía una agresión, Fidel respondía. Jamás se quedó sin actuar. “Señores imperialistas: no les tenemos absolutamente ningún miedo”, decía un gran letrero puesto enfrente de la oficina de intereses norteamericanos en el malecón de la Habana. Pero, ¿cuáles eran los “intereses” de Estados Unidos en Cuba si los ciudadanos de aquel país ya no tenían propiedades en esa isla? La clase política estadunidense, algunas empresas internacionales y una parte del exilio cubano siempre han buscado revancha. Y en eso siguen a pesar de las relaciones diplomáticas restablecidas por Obama.

La influencia política de Cuba llegó a ser tan grande que se conformó una corriente política latinoamericana, más allá del guerrillerismo, con el sello de Fidel y el Che. Varios países y movimientos que habían luchado y seguían luchando por su independencia y su posterior autodecisión acudían al llamado del gobierno cubano. Fidel convocó exitosamente a una conferencia tricontinental. La Habana era uno de los centros de resistencia al imperialismo, el injerencismo, el intervencionismo y la agresión que formaban y aún forman parte de la política del gobierno de Estados Unidos. La exitosa defensa militar de Angola ante al gobierno racista de Sudáfrica fue el lance de mayor relevancia internacional de Cuba pero no el único. Por otro lado, dos señaladas incongruencias de Fidel fueron su respaldo a la invasión de Checoslovaquia (1968) y su justificación de la ocupación de Afganistán (1979), ambas realizadas por la Unión Soviética: el interés de Estado impidió la defensa de principios originales. Así andaban las cosas entonces.

Fidel Castro era también un exponente del poder dictatorial. Los políticos norteamericanos y no pocos de sus aliados en el mundo entero, en primer lugar las criminales dictaduras en América Latina y los grandes medios de comunicación,  siempre presentaron al líder cubano como un conspirador contra el “Mundo Libre”, lo cual era imposible negar, pero también como un despiadado represor de su propio pueblo. Nadie podría sostener que en Cuba no ha habido represión política, pues sería casi el único país del mundo en carecer de dicho instrumento de gobernanza, pero tampoco fue documentada la existencia de ejecuciones por motivos políticos, torturas y encarcelamientos masivos, prácticas características de gobiernos castrenses y de algunos otros de carácter civil. En marzo de 1959, dos meses después del arribo de Castro Ruz al poder, el presidente de México, Adolfo López Mateos, encarceló en un solo día a cinco mil trabajadores ferrocarrileros que estaban en huelga, cuyos líderes fueron mantenidos en prisión durante más de dos lustros. Nueve años después, Díaz Ordaz masacró estudiantes en Tlatelolco ante el completo soslayo de Cuba y de casi todos los demás gobiernos en aquel mundo donde nadie admitía que en México había un sistema dictatorial o por lo menos represivo. Pero lo había, sí.

Los problemas económicos de Cuba no se han debido siempre al bloqueo estadunidense. Hace años publiqué en La Jornada un artículo intitulado “¿Senilidad de la revolución?” que contenía una crítica del sistema económico de Cuba, por el cual recibí algunas majaderías de parte de ciertos castristas dogmáticos con quienes era imposible discutir el asunto en el marco de una mínima honradez intelectual de su parte. Según ellos, había que sostener que el bloqueo era la causa de todo problema pues de lo contrario se le hacía el juego al imperialismo. El tema de la economía está ahora en boca de todos en Cuba mientras en el resto del mundo se esperan anuncios al respecto.

Hay muchos libros sobre Cuba y su líder. Cuando los archivos se abran por completo otros autores podrán redactar la historia de esa isla. Mas lo que no admite duda es que Cuba está adelante dentro del Tercer Mundo en educación, vivienda, salud e igualdad económica, y que siendo un país pequeño ocupó un relevante papel en el mundo, todo ello bajo la dirección de un rebelde de nombre Fidel Castro.

Debate contra Trump

El entorno mediático del segundo debate entre dos de los candidatos estadunidenses dio la impresión de ser una segunda edición, empeorada,  del primero: casi todos están en contra de Donald Trump y nadie se ubica a su favor. En consecuencia, todo beneficia a la candidata Clinton.

Aunque entre las personas que consideramos que Trump es un chovinista, un racista y un patán, entre otras muchas cosas más, podría verse bien que las reglas sean inequitativas para tratar de evitar que el multimillonario obtenga el triunfo, eso sería tanto como estar a favor de sistemas electorales amañados. ¿Por qué demócratas y republicanos se abstuvieron de llegar a acuerdos para bloquear a ese último Bush que se convirtió en un enemigo público de la Humanidad? Casi todos estaban entonces alegres apoyando ir a hacer la guerra a Irak, incluso Hillary Clinton, con excepción de Obama y unos cuantos.

Trump no tiene más que una letanía fuera de la cual no dirá nada interesante. Por eso está ahí, en la competencia, para arrollar a la clase política que ya es odiada por una parte de los multimillonarios y por muchos millones de estadunidenses, sin duda la mayoría. Para enfrentarlo se hubiera requerido a un o una aspirante democrática, crítica, reformadora, propositiva. Pero la candidata Clinton no es nada de eso y se mantiene en sus mismos discursos después de ser dos veces senadora y secretaria de Estado, además de haber habitado en la Casa Blanca que también es un cargo público en EU. No dijo nada nuevo, lo cual no está mal de por sí, sino que tampoco explicó lo que ha venido diciendo hasta ahora no obstante haber perdido los debates con el precandidato Bernie Sanders. Hillary no está expresando el contenido básico de la plataforma electoral oficial de su partido porque no lo comparte.

La candidata afirmó que no enviaría militares a operaciones terrestres a Siria pero que lanzaría a EU contra el gobierno de Assad en operaciones aéreas. Parece que Clinton desconoce que en ese país hay una guerra civil y hay al mismo tiempo una guerra de un protoestado, el Califato (ISIS), que el gobierno sirio tiene alianzas militares firmadas con otros países y que una grave agresión contra uno de los pactantes, según la cláusula de oro de los tratados militares, se considera hecha también contra el otro o los otros socios. Recordemos las Malvinas cuando Estados Unidos hizo a un lado su Tratado Interamericano y se abrazó a la OTAN como alianza estratégica. ¿Qué sucedería si en su guerra contra el gobierno Sirio se involucrara la aviación rusa? ¿La para entonces presidenta Clinton pediría disculpas a Putin o le haría un reclamo formal y asunto arreglado? ¿Puede EU obtener a corto plazo la derrota de al-Assad “desde el aire”? ¿La OTAN declararía también la guerra al gobierno Sirio? Las expresiones de Hillary parecen bromas dichas a la ligera, pero el hecho duro es que donde hay fuego de sobra, la candidata quiere meter más: es la clásica política estadunidense.

Trump sencillamente dijo que Rusia combate al Califato y que aunque al-Assad no le cae bien, éste también combate al mismo Califato.

Al respecto de lo dicho por la señora Clinton sobre la ciudad de Alepo se requiere repudiar esa sensiblería ensayada: es inaceptable separar a los niños masacrados y huérfanos a causa de los bombardeos rusos de aquellos que han sido víctimas de los estadunidenses. Es inválido condolerse de unos y olvidar a los otros. En ese mismo sentido, cualquiera hubiera esperado que Clinton hiciera un reproche a Putin por no haber aceptado los términos estadunidenses de una tregua recientemente fracasada y, al tiempo, explicar la necesidad de un acuerdo. Pero no, Hillary quiso aplastar en el debate a un Trump al que le llovían golpes de todas partes del town hall y se lanzó contra él acusándole de que simpatiza y tiene intereses en Rusia. Clinton está mal. Cuando se es presidente de Estados Unidos, frente al resto del mundo sólo se es eso y basta. Además, como Hillary no explica la desaparición de sus correos electrónicos, ataca con acusaciones de que Rusia jaquea a EU, las cuales pueden ser ciertas tanto como lo es el escandaloso espionaje mundial de la NSA, pero la candidata olvida que las mayores filtraciones de información secreta fueron realizadas por un oficial y un empleado del gobierno de Estados Unidos.

La furia de Trump contra el programa de seguridad social llamado Obamacare, le llevó de nuevo a descalificarlo por ser más costoso, dijo, que lo que pudiera ser otro, pero Clinton no explicó la falsedad de esa afirmación a pesar de que el multimillonario se hizo bolas cuando le preguntaron qué nuevo programa sustituiría al actual. Lo cierto es que no tiene ninguno sino sólo las ganas de echarlo abajo con el entusiasta apoyo de todo el Partido Republicano que no obstante le niega respaldo. Sin embargo, Trump tocó un cable sensible cuando dijo que formaría una fiscalía para investigar y llevar a la candidata Clinton a la cárcel por el asunto de los correos electrónicos borrados, tema sobre el cual Hillary continúa con evasivas si no es que con mentiras. Lo que fuera, el lío de los correos en el que se metió sola Hillary la perseguirá como una servidora pública por lo menos notoriamente deficiente e irresponsable, aun después de triunfar en las elecciones.

Es lamentable que la corriente política que ha encabezado el senador Sanders no hubiera tenido el menor sitio, a favor y en contra, en la disputa de los dos candidatos empeñados rabiosamente en atacarse con todo lo que tienen a la mano pero ignorando un programa, el de Sanders, que tiene el apoyo de millones que debieron haber sido referidos aún dentro de la anticuada democracia estadunidense.

Hillary no tiene programa pero llegará a la Presidencia de Estados Unidos (el mal menor se dice), mas desde ahí se comportará como siempre lo ha hecho: hablar mucho, no hacer nada nuevo y generar agresividad contra adversarios y socios díscolos. Ese país no va a progresar así y el mundo no será mejor, pero ellos deciden. Trump es una amenaza mundial pero no está claro que Hillary no lo sea.

La mayor culpa la tiene Obama por haber nombrado a Clinton como secretaria de Estado y, hace poco, poner a trabajar a su gobierno para derrotar a Sanders. Ya habrá motivos, ocasiones, lugares y personas para reclamárselo.

Cataluña española

El Estado español ha sido uno de los más duros e intransigentes para admitir la independencia de sus conquistas. Peleó con todo lo que pudo contra la independencia en América, resistió hasta el final para retener a Cuba, para sólo mencionar al llamado nuevo continente.

Catalunya ha buscado ser libre del dominio español pero por lo visto no lo será, al menos de momento, porque España no le reconoce el derecho de autodeterminación y porque las maniobras políticas de respuesta a esa negativa han resultado malas experiencias para la causa independentista. El referéndum del 9 de noviembre de 2014 (9-N) y la elección parlamentaria catalana del 27 de septiembre de 2015 (27-S) han sido votaciones contrarias a la separación de Cataluña de la España monárquica, es decir, del llamado Estado español. La primera porque la asistencia a las urnas fue relativamente baja, la segunda porque los partidarios de la independencia no alcanzaron la mayoría de los votos emitidos. Los dos principales responsables de ese fracaso son Artur Mas y Oriol Junqueras, líderes de Convergencia (CDC) y de Esquerra Republicana (ERC), quienes han encabezado la confección de la estrategia.

La cuestión en Catalunya es el derecho de autodeterminación que no admite la vieja España cuya democracia no le ha llevado a superar la impronta del imperio. Mas y Junqueras pactaron entre ellos y con algunos otros grupos una vía de autodeterminación sin pasar por la previa conquista del derecho sino a través de un método que podría considerarse revolucionario pero en el siglo XXI que aún no registra revolución alguna. Por lo visto, Catalunya no iba a ser la primera. El 9-N se quiso refrendar el carácter de nación de Catalunya y su derecho a ser lo que ella misma decida. El 27-S se quiso adquirir en elecciones ordinarias declaradas plebiscito un mandato para promulgar en forma unilateral la independencia del país. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: España no le reconoce a la nación catalana su  derecho nacional fundamental: ser lo que ella misma decida. Toda afectación a la integridad del Estado español debe ser dispuesta por este mismo sin que sus partes integrantes puedan ejercer derechos por sí mismos. Así ha sido siempre. Esto es diferente en Canadá y Gran Bretaña pero España se sigue negando a reconocer el derecho de autodeterminación de los pueblos proclamada por las Naciones Unidas. España es indivisible para siempre, punto. Sin embargo, se  ha dividido muchas veces.

Las consultas populares que se han llevado a cabo en Quebec y Escocia, así como el derecho a la secesión de Irlanda del Norte que puso fin al largo conflicto civil, no son reconocidas por España porque ese imperio no admite nada diferente al derecho de conquista. El españolismo es la ideología del imperio español. Los gobiernos radicados en Madrid siempre han sido extranjeros en Catalunya como también en Euskadi y en Galicia, digan lo que digan los ideólogos de ese españolismo al que se unieron en algún momento de la historia y sin explicaciones los socialistas que, por lo que se observa, no están dispuestos a dejar de ser españoles imperiales por más de izquierda que se digan ser.

A toda evidencia reciente, Cataluña no dejará de ser parte de España pero, sin derecho a la autodeterminación esa pertenencia seguirá siendo impuesta. Si la vieja España se rejuveneciera siquiera al nivel del viejo imperio británico —lo cual sería muy poco–, Catalunya decidiría ser parte de España pero con la conciencia de que en el momento en que cambiara de opinión podría convertirse en el Estado independiente al que tiene derecho.

Por lo pronto, las filas del independentismo se verán afectadas porque Artur Mas no tiene suficiente fuerza para gobernar después del fracaso de su estrategia, como así lo reconocieron en su momento los líderes de Quebec y Escocia. ¿Otra imposición más a la dolida Catalunya sólo para sostener a un líder hasta donde se pueda? Las acusaciones contra Mas por desobediencia y otros delitos supuestamente cometidos durante la jornada del 9-N, promovidas desde Madrid, se dirigen contra el movimiento de independencia pero no deberían ser suficiente motivo para sostener a Mas en la presidencia porque eso mismo se convertiría en un elemento perjudicial para la causa nacional catalana. Catalunya no tiene ni tendrá padre de la patria, vivimos otros tiempos.

La elección del 27-S convertida en plebiscito no fue reconocida como tal por el gobernante Partido Popular, de derecha, y el opositor Partido Socialista, como tampoco por Ciudadanos, de pretendido centro liberal, y ni siquiera por la otra formación emergente, Podemos. Para todas esas fuerzas políticas de España la votación no iba a ser un plebiscito si acaso el bando claramente independentista obtenía la mayoría de sufragios emitidos. Pero como no fue así, entonces esas mismas fuerzas sí han reconocido la elección ordinaria como mandato plebiscitario y reclaman su victoria. De esa forma funciona el montaje español de la democracia.

Catalunya frente al espejo

Cataluña se encuentra frente al espejo y se reconoce a pesar de las aberraciones añadidas por el dominio español de siglos. Cataluña no busca algo de España en el espejo. Pero aunque España no se vea reflejada, busca desde fuera que Catalunya sea como es ella.

El actual Estado español es como el imperio español: no reconoce el derecho de nadie a decidir por sí mismo. Todo territorio conquistado es suyo por legado histórico. Las secesiones se han realizado a sangre y fuego. Nunca España cedió algo por estricto derecho. La Reconquista es apreciada como la fundación radical del españolismo: volver después de siete siglos. Quizá por ello España defiende lo que piensa que es suyo sin importar lo que piensen los demás. Los catalanes son los demás.

Dice la Constitución que ella “se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Aquí hay varios errores voluntarios: no se habla de un fundamento del Estado español sino de su Carta Fundamental, que no es exactamente lo mismo. Se define a la Nación española como patria de todos, pero aquélla no existe más que como forma política impuesta: España es producto político de varias nacionalidades, las cuales son llamadas así en la Constitución, nacionalidades, que no conforman, sin embargo, naciones. No existe, en el texto constitucional, por tanto, la nación de Catalunya sino la nacionalidad catalana, de donde habría que deducir mediante un gran salto que no se debe reconocer la capacidad soberana del país catalán para gobernarse a sí mismo. La nacionalidad catalana resulta ser parte de otra Nación (así, con mayúscula constitucional) que se llama España, pero los catalanes y las catalanas son lo que son y en su mayoría no parecen considerarse españoles y españolas sin que eso resulte denigrante sino sencillamente otra cosa.

Más allá de la nación o de la Nación, en Catalunya hay un pueblo y, como todos, tiene derecho a decidir sobre sí mismo. Punto. No debería discutirse más. La consulta en Cataluña no puede declararse ilegal en tanto sea producto del ejercicio de un derecho fundamental que se llama libre autodeterminación de los pueblos, diga lo que diga la errónea Constitución española.

Creo, sin embargo, que la independencia de Cataluña no agregaría nada desde el punto de vista social y de la democracia. Yo no votaría a favor de la secesión, pero no se puede ir impunemente por el mundo negando el derecho de autodeterminación de los pueblos.

Hay una diferencia arrolladora entre Quebec y Escocia, por un lado, y Cataluña, por el otro: las primeras son libres porque tienen derecho a decidir sobre su independencia; la otra no lo es porque se le niega ese mismo derecho. La libertad no es la independencia sino el derecho de decidirla libremente. Inglaterra guerreó para no aceptar varias independencias pero hacia el final de su colonialismo terminó cediendo por derecho. No ha sido lo mismo con España. La madre patria, como se decía en México, nunca cedió nada, todo lo tuvo que perder por la fuerza.

Todo el españolismo se ha unido contra el derecho de decisión de Catalunya. Pero mientras los socialistas proponen algo a cambio –la federación—, los conservadores del partido gobernante no ofrecen absolutamente nada. Sin embargo, no pasa desapercibido que ambos partidos nieguen de por sí ese derecho, se comporten como salvaguardias de la herencia expansionista, sean partes en conflicto de la España monárquica dejada ahí por el franquismo como testimonio histórico de su victoria sobre la república laica y democrática, encarnen el hispanismo colonial replegado por fuerza a la península. España no ha cambiado tanto a pesar de los tan difíciles cambios que ha logrado con sus grandes y ejemplares luchas. Hay algo que sigue siendo, a pesar de todo, lo español.

 

Las cuatro crisis españolas

España vive cuatro crisis: la económica, la del bipartidismo, la de su propia unidad y la de la monarquía; todas al mismo tiempo. El financiamiento del Estado social ha hecho crisis debido al predominio de un modelo que no le corresponde: al incubarse la crisis económica del neoliberalismo emergió también la disonancia entre aquél y éste. El sistema de la alternancia entre dos centros –centro-izquierda y centro-derecha–, a pesar de la rispidez verbal que le caracteriza, ha hecho crisis porque ahora ninguno de esos centros en realidad propone algo distinto. La unidad de España ha sido –unas veces menos y otras más—producto de relaciones de fuerza entre el españolismo y las otras naciones; la defensa de la unidad se produce desde la parte dominante mientras Cataluña y el País Vasco desean su independencia: la historia ha alcanzado a la vieja España. La monarquía, preparada por Franco y admitida por los demócratas como instrumento de negociación con el viejo régimen golpista, asesino y fascistoide, fue presentada como la “salvadora” de la transición pero esta última se ha agotado y, por consiguiente, no se requiere ninguna nueva “salvación”.

Hay cuatro campanadas en este manojo de crisis: el quebranto estructural de las finanzas públicas, la recesión y el desempleo lacerante; el desprestigio creciente del rey y algunos de sus familiares por actos realizados por deseo frívolo o corrupción; la decisión del parlamento catalán de convocar a una consulta sobre la independencia; y el hecho de que los dos grandes partidos –los centros—no hayan alcanzado juntos la mayoría de los votos en la reciente elección de diputados europeos.

España entró en el camino de los nunca antes: nunca se había padecido un desempleo tan alto; nunca se habían producido escándalos conmovedores en la casa de Juan Carlos de Borbón; nunca se ha realizado –cosa que puede ocurrir—una consulta en urnas sobre la secesión; nunca había perdido la mayoría absoluta el sistema bipartidista. Al lado de estos cuatro existen otros muchos nunca antes que tienen carácter social o político, pero ambos terrenos se unen como siempre ocurre en las crisis.

Un elemento relevante de las cuatro crisis es la corrupción en el sistema político. En todas partes del mundo existe este fenómeno pero España tiene algo peculiar al respecto: figuras destacadas de los dos grandes partidos han estado metidas en la corrupción y, por si fuera poco, también la postiza familia real. Esto es diferente a la Italia de la crisis que llevó al desastre a la DC y sus aliados, pues allá estaban en las redes corruptas sólo quienes gobernaban y varios de ellos cayeron. En España, Aznar y Rajoy se dicen ignorantes de la caja de su propio partido y se les cree a pesar de que en el Partido Popular los jefes deciden todo y de que ellos recibían parte del dinero sucio.

La solución de las cuatro crisis no se producirá sin un acto soberano, como el expresado en la reciente elección del Parlamento Europeo, pero llevado a la forma de constituir el poder político español. El sistema electoral –parte del manojo de crisis—es del todo conveniente para el bipartidismo y por ello se le defiende aunque ya no sirve para la mejor expresión de la voluntad popular en el parlamento.

La parte más débil de lo que pudiera ser un programa de grandes reformas políticas y económicas es el penoso asunto de la monarquía –evidentemente inservible para cualquier reforma–, por lo cual la exigencia de un referéndum –no lo podría ser sino para refrendar una decisión ya tomada—tiene relevancia en tanto que es un grito dirigido contra un sistema en crisis, pero otra abolición de la monarquía no serviría por sí misma de nada. Además, los borbones han sido despedidos de España cinco veces y siempre han regresado.

El terreno de la disputa está ubicado en el lado del Estado social y la democracia: otra vez.